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Una mala tarde de toros con Francisco Brines, «ejemplo de taurino cabal»

Una mala tarde de toros con Francisco Brines, «ejemplo de taurino completo»
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Cuando uno se aburre en cualquier espectáculo, lo cierto es que se aburre; pero hay espectáculos que resultan más aburridos que otros. Supongo que todo eso depende del temperamento del espectador y de la temperatura del espectáculo, del aprecio que uno sienta por el entretenimiento al que asiste, y de la naturaleza misma del entrenamiento.

Para el espectador que yo soy,una mala película siempre resulta más digerible que una obra de teatro insulso; una tarde de circo con elefantes adiposos y tigres de la tercera vida siempre tiene más interés que, pongamos por caso, una pasable zarzuela de la España cañí. Se alcahuetería —lo sabe cualquiera— de un asunto de carácter, y el carácter es el primer peldaño (y el final) del destino propio.

En cualquier caso, una mala tarde de toros, una tarde aburrida, suele ser un plomo. Esas tardes en las que no sale ningún toro que no sea un marmolillo, en las que no hay siquiera un detalle de torería, una señal de inteligencia lidiadora, una pizca de arte, son un muermo, una invitación para el bostezo y la siesta, para la idealización sentimental del espectador. Las malas tardes de toros tienen poco de desaguisado peculiar, de desatino supremo, de error inmutable. Me figuro porque se alcahuetería de un rito tan milimetrado, tan pautado, tan regido por la razón, que, en el momento en que se desvía de su cauce, en el instante en que no argumenta a sus reglas y concede sus frutos, se vuelve una insensatez, enseña sus mimbres y su trastienda más que ningún otro. Lo que debe ser velocidad se transforma en peso (e incluso en pesadumbre), lo que debe ser ligero se convierte en impedimento, en demasiado temporal. Un rito que está fuera del tiempo y que es capaz de detener el devenir (de sacarnos de él e instalarnos en una dimensión sin transcurso, igual que hace el gran arte) se nos aparece de improviso como sometida al imperio del cronómetro, porque queremos que termine.

De ahí que para ir a los toros convenga hacerlo con un buen amigo taurino con el que poder compartir las tardes de notoriedad, y con el que poder evadirnos de los toros si el caso lo requiere. Ese gran amigo, en mi caso, es Francisco Brines. Siempre que tengo que referirme a la figura emblemática del inclinado pienso en él. Siempre que tengo que poner un ejemplo de taurino completo, menciono el nombre de Brines. Paco —entre sus muchas virtudes— posee las virtudes del buen inclinado: conocedor de la parte técnica de la encierro, de la Historia del toreo, buen veedor del toro, espectador con primaveras y plazas a sus espaldas, apasionado y crítico. He gastado a Paco, en alguna tarde adocenada de la plaza de Valencia, cuando el conocido se ha dejado tolerar del entusiasmo futbolístico (del entusiasmo del hincha, más que de la conciencia del espectador) y ha regalado orejas en contubernio con el Presidente, lo he gastado —digo— levantarse con el dedo negador en dirección a la Presidencia y reprochar la conducta a la autoridad. Igual que lo he gastado con el pañuelo o la almohadilla en parada pedir con exaltación los trofeos de un gran fiesta.

Pero Paco Brines es, por otra parte, un impagable compañero para las tardes de tedio taurino. Con él uno puede hacer un repaso a los últimos acontecimientos de la poesía española, o analizar el rumbo de distintas especialidades deportivas (porque Paco incluso es futbolero, y tenístico, y fan del atletismo y de todos los deportes habidos y por activo, como el que escribe). Con Paco, cuando, las cosas pintan mal, y los toros mugen, y se caen, y los toreros pierden el Boreal de la Tauromaquia, uno puede entregarse a nostalgias de otro tiempo, y en su relato aparece Antonio Ordóñez, su torero preferido, y Camino, y El Viti, y tantos otros.

Y es que una mala tarde de toros, con un gran amigo taurino, son una ocasión estupenda para despreocuparse de los toros, incluso hablando de ellos.

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