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un amor prohibido, peleas y los escupitajos de Humphrey Bogart

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Lucía M. CabanelasLucía M. Cabanelas

Billy Wilder siempre supo sacar el punto ácido al pastel más dulce. Quizás por eso eligió como su Sabrina a Audrey Hepburn, y como uno de sus galanes en esta adecuación del éxito teatral de Samuel Taylor a Humphrey Bogart. El apogeo de la por entonces jovencísima actriz, en una abundancia tras su triunfal «inicio» con «Holganza en Roma», que le valió un Oscar y la condición de fortuna, chocó desde el principio con la apatía crepuscular del que fuera el abnegado ingenuo de «Casablanca».

Sin armas de fuego ni Sam para que colmara sus desgracias acariciando el piano, Bogart se sintió desde el principio incómodo en el traje de Linus, el hermano maduro de los Larrabee. Ni siquiera fue la primera opción para el papel, toda vez que se embarcó en el tesina de la Paramount a posteriori de que Cary Grant, a punto de cumplir los 50, rechazara participar en la película asustado por encontrarse emparejado con una Audrey Hepburn de 24 primaveras.

Los problemas se sucedieron a posteriori de que Wilder tomara la desafortunada valentía de ofrecerle el papel a Humphrey Bogart, que tenía 54 primaveras pero aparentaba al menos diez más a posteriori de décadas bebiendo como un cosaco. Su apariencia envejecida y enferma y el hecho de no sobrevenir participado nunca en una comedia romántica hicieron dudar a Paramount, que no veía cero claro cómo encajar al intérprete en «Sabrina». «No importa», defendió el agente del actor, asegurando que, adicionalmente de ser un profesional de la industria, su fichaje siquiera sería un inconveniente en cuanto a imagen, pues de sobra era sabida su relación con Lauren Bacall, a la que llevaba 25 primaveras.

Holden, Hepburn y Bogart
Holden, Hepburn y Bogart

La dilema de Wilder sentenció la valentía final de esta especie de Cenicienta moderna. A pesar de la trayectoria sentimental de Hepburn fuera de la pantalla, emparejada siempre con hombres mayores que ella, su complicidad con Bogart era tan inexistente como poco plausible que rechazara al seductor William Holden, que daba vida a David Larrabee, por él.

Los celos del apuesto de «Casablanca»

La química entre Holden y Hepburn, y sobre todo su condición de estrellas emergentes afectaron a Bogart, que no dio tregua a la pareja protagonista desde que comenzó el rodaje. «En un santiamén me di cuenta de que el plató se había convertido en un campo de batalla. Hubo muchas fricciones, antagonismos e intrigas durante la filmación. No sé por qué, pero Bogie estaba casi paranoico pensando que Wilder, Holden y Hepburn estaban contra él. Tal vez por eso no se sintió cómodo en el papel», recuerda Marta Hyer, a quien habían contratado para interpretar a Elizabeth, la prometida del último de los Larrabee, en una entrevista con Donald Spoto, autor de la vida sobre la protagonista de «Historia de una monja» (1959).

El abismo empezó en la primera caminata de rodaje, cuando Bogart invitó a algunos miembros del equipo a su camerino para tomar unas copas. En ese categoría de privilegiados no estaban ni la pareja protagonista ni el director, que se reunieron por su cuenta para charlar y tomar unos martinis. Según Spoto, tras varios días de reuniones por separado, Wilder invitó a Bogart a unirse a ellos, pero recibió una respuesta negativa, alimentada por el rencor de no sobrevenir sido su primera opción, ni para el papel ni para los saludo. A partir de entonces, el protagonista de «La reina de África» mantuvo su irritación a punta de aguijada, y fueron constantes sus quejas y su presión a una película que odió desde el primer día hasta su estreno, en septiembre de 1954. «Bogart creía que los directores debían mostrarse humildes delante él», recordaría primaveras a posteriori su agente, Irving Arrestar, «pero en una película de Billy Wilder no hay más fortuna que Billy Wilder».

El carácter huraño de Humphrey Bogart no era el único problema de «Sabrina». El raya, que Wilder y Ernest Lehman rehacían casi a diario a posteriori de que el director destrozara el ingenio poético y la elegante prosa del dramaturgo Samuel Taylor, no terminaba de convencer. Escribían al mismo tiempo que rodaban, lo que retrasaba el resultado. Aquejado de tantos quebraderos de habitante como dolores de espalda, Wilder recurrió a Audrey Hepburn, siempre atenta y un encanto con los equipos en los que trabajaba.

«Tenía que instalarse todo el día, pero incluso detener, de modo que fui a ver a Audrey y le expliqué el problema», reveló el director a Cameron Crowe en sus «Conversaciones con Billy Wilder». Sin reparo alguno, la actriz hizo de prima donna, habló con el ayudante de dirección y sacó al realizador del perjuicio: «Por protección, me duele muchísimo la habitante. Le ruego que me autorice a acostarme un rato». Gracias a su ayuda, Lehman y Wilder ganaron media caminata extra y resolvieron el problema de raya. «No le importó. Simplemente lo hizo (…) No se la puede duplicar o sacar de su época», dijo el director.

La pelea que sacudió el rodaje

Mientras unos inventaban excusas para vencer tiempo, otros intentaban salir a flote entregándose al vino. De sobra conocida por todos era la hobby a la bebida de William Holden, del que recuerda Hyer que «tras un tentempié deducido tenía que tumbarse y descansar hasta que recobraba la sobriedad».

Bogart, más experimentado con la botella, no perdió comba y aprovechó su oportunidad una mañana en la que el actor de «Género salvaje» llegó al rodaje «débil y tembloroso, interrumpiendo constantemente sus diálogos e incapaz de trabajar». «Me parece que este tío le ha donado demasiado a la botella», se jactó Bogart, provocando una pelea entre los dos actores. Un asfixiante choque de testosteronas que sufrieron especialmente los miembros del sección de maquillaje, obligados a reparar los destrozos de la agarrada de los actores. Como si no fuera suficiente castigo la pelea diaria para cubrir sus etílicas ojeras.

Audrey Hepburn, mientras tanto, se abstuvo de murmurar el comportamiento de los dos intérpretes. Condicionada, ciertamente, por su aventura con Holden, su querido desde el principio del rodaje y con quien «pasaba todas las noches», tal y como aseguraron varios miembros del equipo. Con total discreción para no vulnerar las «cláusulas de moralidad» que imponía Hollywood en sus contratos ni provocar un escándalo notorio —el intérprete estaba casado y era padre—, los dos actores se veían en la casa de él, a posteriori de que Audrey Hepburn abandonara su residencia en un hotel de Wilshire Boulevard para mudarse cerca de la residencia de Holden.

Holden y Hepburn
Holden y Hepburn

Inmerso en un surrealista desposorio en el que tanto él como su esposa, la incluso actriz Brenda Marshall, aliviaron sus dudas en aventuras extramatrimoniales, no anticipó Holden los repentinos celos de su esposa, inmune a sus infidelidades hasta que apareció Audrey Hepburn. «Audrey encarnaba todo cuanto él admiraba en una mujer. Ella era fresco, merienda primaveras último que él; lo consideraba el hombre más tenorio que había conocido y estaba fascinada por su encanto masculino y su buen humor», comentó Bob Thomas, biógrafo del actor.

Una vasectomía y el corazón roto

Hepburn, que antaño del rodaje de «Sabrina» había comenzado un tonteo, sin compromiso por el momento, con Mel Ferrer, sucumbió a los encantos de Holden del mismo modo que lo hizo Placer Swanson, aunque, por fortuna, con desigual desenlace. No terminar boca debajo en la piscina no libró al actor, sin incautación, del desaire de Hepburn, a posteriori de enterarse, tras semanas ocultándolo, de que se había sometido a una vasectomía.

Aunque llegó a prometerle a la actriz que se divorciaría de su esposa y se casaría con ella, Hepburn, decidida a desentenderse su carrera para tener hijos, cortó por lo sano en cuanto se enteró de la esterilidad de Holden. Lo quería, igual que amaba su trabajo, pero aún más deseaba convertirse en mama, una afán que él nunca podría sobrevenir colmado. «Estaba muy enamorado de Audrey Hepburn, pero ella no quiso casarse conmigo, de modo que me dediqué a delirar por el mundo, decidido a tirarme a todas las mujeres que se me pusieran delante en los países que visitaba», comentó primaveras a posteriori el actor. «Sus trayectorias profesionales fueron formidables, pero nunca llegaron a ser felices en su vida personal», resumió Wilder.

Los comentarios de mal gustillo de Bogart

Demasiado enfrascado en reflexionar su amargura, el tercero en discordia, Bogart, dirigió su odio incluso con destino a Wilder. A posteriori de que el director le presentara unos diálogos modificados, el actor se burló preguntándole si los había escrito su hija de siete primaveras. Además imitó su acento vienés y se dirigió a él como «ese hijo de puta carca», un comentario especialmente cruel habida cuenta de que Wilder era tacaño, y había perdido a su mama y a su suegro, entre otros familiares, en Auschwitz.

Bogart y Hepburn
Bogart y Hepburn

Ni siquiera la actriz de «Una cara con donosura», adorada siempre por los equipos con los que trabajó durante toda su trayectoria profesional, escapó al mal ingenio de Humphrey Bogart, más dañino si junto a que el tabaquismo que ya hacía grieta en un fumador obcecado como él. Hepburn, siempre disciplinada, aliviaba los problemas del rodaje con sus tomas casi siempre perfectas a la primera. Hasta que un día, en un diálogo que compartió con la pareja de Bacall, olvidó una frase. No se le escapó el arbitraje a Bogart, que la usó de diana. «Quizá deberías ir a casa y estudiar el diálogo en área de salir por ahí todas las noches», masculló el actor, que para más inri tenía la costumbre de escupir al musitar.

Wilder tuvo que pedir a la ayudante de vestuario de Hepburn que estuviera preparada con una toalla tras cada toma; «pero hazlo de modo que no se note», cuenta Spoto que dijo el director de «El residencia». Con la misma discreción debía trabajar Charles Lang, el responsable de fotografía, que trabajaba hasta el agotamiento para evitar que la iluminación revelase el último pista de saliva del actor.

Con la cadencia de su voz y su atractivo natural, Hepburn compensó la yerro de encanto de Bogart y resolvió la sencillez de un personaje que carecía de la singular excentricidad con la que Taylor lo había cincelado. Se excedió en su papel y, siempre pacífica, medió entre los protagonistas; incluso ignoró los maniáticos ataques con los que la regó Bogart, y, a pesar de todo, fue la que menos remuneración percibió por su billete en «Sabrina». Mientras que William Holden cobró ochenta mil dólares y Bogart doscientos mil, la actriz sólo recibió 11.914.

La enésima víctima de un caótico rodaje

Terminó la película pero no las víctimas colaterales. El diseñador de modo Hubert de Givenchy, que comenzó en «Sabrina» una estrecha amistad con Hepburn y una colaboración que continuaría en «Una cara con donosura», «Ariane», «Desayuno con diamantes», «Concurrencia en París» y «Cómo robar un millón», quedó devastado cuando, durante una proyección privada, vio cómo su nombre no aparecía en los títulos de crédito. La actriz incluso se disgustó al analizar «Supervisión de vestuario: Edith Head», que finalmente recogió el Oscar sin mencionar al modisto.

«Pasaron la película y mi nombre no aparecía por ninguna parte. Imagínese si hubiera recibido algún tipo de gratitud por “Sabrina”; ¡La ayuda que habría sido para mí, que me encontraba al principio de mi carrera! Pero no importa, al mango de unos primaveras todo el mundo lo sabía. Encima, ¿qué podría sobrevenir hecho? En el fondo, siquiera me importaba, estaba encantado con la posibilidad de vestir a la señorita Hepburn», dijo el diseñador en un artículo de «Vanity Fair».

Notorio y crítica, el diseñador, la Paramount y el equipo de la película, coincidieron en lo mismo: todo el caos del atroz rodaje mereció la pena por ver cómo Audrey Hepburn superaba la vaciedad de su Sabrina Fairchild y se transformaba, vestida de Givenchy, de Cenicienta a princesa.

Hepburn, vestida de Givenchy en «Sabrina»
Hepburn, vestida de Givenchy en «Sabrina»

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