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Túnez se sienta en el diván a ritmo de Woody Allen

Túnez se sienta en el tumbona a ritmo de Woody Allen
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Fernando MuñozFernando Muñoz

Las últimas cinco parte publicadas en TechnoMiz sobre Túnez hablan de un atentado terrorista, de la crisis migratoria y de la logística en la zona de Emmanuel Macron. La sexta, esta, propone un delirio diferente: un país rico en colores y en sabores y, sobre todo, un extensión donde el humor puede atravesar el Mediterráneo hasta distribuir al espectador que este fin de semana vaya a ver «Un tumbona en Túnez», la primera película de la cineasta Manele Labidi.

El ritmo de «Arab Blues», que así se titula originalmente, suena a Woody Allen en las conversaciones chispeantes, en el catálogo de neuróticos personajes y en los colores con los que pinta de la ciudad: «No sé lo que habría hecho él de rodar aquí, pero seguro que habría cogido la energía de la ciudad», presume la cineasta francotunecina desde su carretera de París. «No intenté exagerar la ciudad, todo es auténtico, los tonos, la concurrencia… Hay una trascendencia innata en la ciudad y a la vez una melancolía que pongo en los personajes porque está en su concurrencia: hay situaciones dramáticas, hay una crisis permanente, hay marcha… Pero abordan sus dramas con distancia, con humor, se ríen de sí mismos. Siempre me ha chocado eso. Crecí allí y todos se reían de sus penas, y sería un error no mostrarlo», explica Manele Labidi.

Su primer guion tiene mucho de experiencia personal. La historia de una mujer, en este caso una psicoanalista, que tras varios primaveras viviendo en Francia decide retornar a la nación franco para sumar una consulta en la terraza de la casa de sus tíos. Las calles hierven en el único país de la Primavera árabe donde se implantó una democracia tras las protestas. Pero la nueva emancipación no ha solucionado problemas tan enquistados como las raíces de los arbustos del pistacho tan habituales en la zona.

Porque los temas que ocupan las primeras páginas de los periódicos aparecen en la película al fondo de unos personajes que buscan terapia mientras el espectador encuentra chispazos de humor. «No se puede evitar murmurar de estos temas. El salafismo está presente y su crecimiento es un problema. Ahora acertadamente, no soy periodista, no estoy aquí para contar hechos, sino para usar el cine y aportar una vistazo diferente. Por eso además la comedia me pareció muy terapéutica», apunta la directora, para la que es «magnífico contar estas cosas con otra perspectiva». «Cuando se deje de los países árabes se deje del velo, de los atentados, de los muertos… pero quería salir de eso, y murmurar de cosas cotidianas con las cosas serias entremetidas, de todo diario. La comedia normaliza a los países», sentencia.

Historia

Del velo que menciona Manele Labidi no hay discusión en la película: la protagonista nones se lo pone y solo hay un comentario cuando su sobrina, adolescente tan perdida como cualquiera de un instituto gachupin, se pone uno de pega para taparse un estropicio de tinte que le han puesto en la peluquería por intentar imitar a Rihana. «Túnez es una civilización muy mediterránea, geográfica y culturalmente», apunta. «Es una mezcla interesante de civilización árabe y europea, ese es el Túnez en el que crecí y que quiero contar», sentencia.

Porque toda la película tiene mucho de autobiográfico: «Toda mi reproducción siente que cuando volvemos al país de nuestros padres algunos te desprecian… Y esto te duele. Y luego en Francia, como somos diferentes, no todos, pero algunos nos recuerdan que no somos de allí. Y ocurre esa dificultad: la de encontarar un sitio, un extensión físico, un paraje. Buscamos eternemante el extensión donde anclarse, donde dejar la maleta, pero no existe», apunta, dejando claro que ese extensión, el único universal, es el humor.

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