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Tristeza Covid, la nueva pesadumbre

Tristeza Covid, la nueva pesadumbre
#Tristeza #Covid #nueva #pesadumbre

José Ramón Ubieto Pardo

Ha pasado casi un año desde que empezó todo. Hemos experimentado la extrañeza, el miedo y la angustia, la enojo, el acto sexual, la solidaridad y los duelos. Ahora, iniciando el otoño –y sin la luz veraniego–, aparece con fuerza la tristeza. Sus signos son claros: mutismo entre amigos, sin el bullicio de los grupos de whatsapp ni los encuentros cara a cara; agotamiento y desafección por actividades creativas o profesionales; problemas de sueño; inquietud en el cuerpo; y un sentimiento íntimo de pérdida del sentido de muchas de las cosas que hacemos, al no tener ya un objetivo ni perspectivas claras.

Lo expresaba L. –un paciente que pasa mucho tiempo con las pantallas– con estas palabras: «Es como ir en tren y ver cómo pasa tu vida, pero tú estás fuera». Esta frase refleja acertadamente el sentimiento de confinamiento que cada uno de nosotros ha experimentado alguna vez en todo este tiempo. Expulsión de su propia vida.

Cada cual tiene sus razones particulares, pero algunas las compartimos todos. Entre ellas la frustración de lo que no llega tras las expectativas de la desescalada. O las pérdidas que se acumulan (vidas, trabajos, vínculos, bienes). A lo que se suma una creciente crisis social con cada vez más vidas desahuciadas, la desconfianza en los dirigentes, el rechazo a medidas confusas y contradictorias, y el agotamiento de tanta incertidumbre y cambios que nos detienen en un interminable stand by.

Coordenadas espacio y tiempo

Las personas nos orientamos por dos ejes básicos, las coordenadas de la modernidad. Me refiero al espacio, que incluye el vínculo a los otros, y al tiempo. Hilván ver las técnicas de tortura psicológica para comprender su importancia. Cuando a un detenido se le aísla y se le quitan todos los referentes temporales (mediante habitáculos sellados o drogas), el impacto psicológico inmediato es un estado confuso, con signos de depresión y parálisis, tras una incipiente enojo. Poco de eso, en pequeño medida claro, nos está pasando a nosotros.

Hay poco irreal en el paisaje de máscaras en el que vivimos que hace que a veces no reconozcamos al conocido que pasa al costado, que no podamos entender la página del texto que acabamos de adivinar (aunque se trate de un texto liviana). O que nos sorprendan los besos y abrazos de una película, como si eso fuese ya otro tiempo.

La distancia con los otros nos aleja asimismo de nosotros mismos. Nos cuesta por otra parte imaginar el futuro pos-Covid-19, y recurrimos más fácilmente a fomentar la nostalgia. Algunos jóvenes –no todos– y unos cuantos adultos, como hemos trillado, niegan de entrada ese presente y exigen que todo sea como si nadie hubiera sucedido. Es otra defensa en presencia de las pérdidas.

La tristeza no es depresión

Esto que nos está pasando es la tristeza Covid. Y no hay que confundirla con una depresión o cualquier otro trastorno mental, como algunos rápidamente auguran cada vez que hay una crisis. «Hay personas deprimidas pero yo vengo para memorizar poco más del por qué» me explica M. en la consulta.

La tristeza es un problema cuando nos ahorra las preguntas y los porqués, alejándonos del memorizar. Por eso, el psicoanalista Jacques Lacan le oponía, como contraveneno, el gay savoir (el «memorizar alegre»), resultado del atrevimiento de cada uno en manifestar eso que le pone triste. Y decirlo de tal modo que, sin aspirar a comprender por completo sus causas, le anconada nuevos interrogantes sobre su deseo alegre de comportarse.

La secreto está en producirse de la impotencia –el sentimiento que nos abruma por aquello que no podemos hacer– a la imposibilidad –el inspección de que hay cosas imposibles–, sin posibilidad programada. Un padre o una matriz no pueden explicar los misterios de la sexualidad a sus hijos, no porque sean incapaces o ignorantes, sino porque la sexualidad no se enseña, se experimenta subjetivamente.

Igual ocurre en la terapia psicológica, donde no todo es ‘curable’ porque, más allá de las capacidades y potencias del clínico, lo que cuenta es el consentimiento del paciente. Él decide el divisoria de lo posible. Darse contra el pared de la impotencia conduce a la pesadumbre. Aceptar los límites permite, en cambio, hacer lo posible en cada caso.

Hace desliz tiempo y esfuerzo para sacudirse la tristeza, y no nos sirve la discurso de la autoayuda. Se manejo más acertadamente de no quedarse en la parálisis del acto ni en el ensimismamiento de lo potencial, rehusar la nostalgia –siempre engañosa– y amparar los encuentros presenciales. Todo ello sin renunciar a los placeres cotidianos ni a los proyectos previstos (aunque ajustemos los objetivos iniciales), aplicando las medidas preventivas necesarias.

La tristeza nos empuja a separarnos de la vida, como ese tren sobre el que fantaseaba L. Y, aunque al gran Antonio Carlos Jobim, uno de los padres de la bossa nova, le parecía que, a diferencia de a felicidade, la tristeza no tenía fin, lo cierto es que él encontró la buena y poética modo de traducirla. De eso se manejo, de hacer poco con ella en el tiempo que nos queda hasta el fin de la pesadilla Covid.

José Ramón Ubieto Pardo. Profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación. Psicoanalista, UOC – Universitat Oberta de Catalunya.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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