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Sean Conley, un doctor dominado por su paciente:Trump

Sean Conley, un doctor dominado por su paciente:Trump
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David AlandeteDavid Alandete

El doctor Sean P. Conley, osteópata de formación, curtido en el campo de batalla de Afganistán, emergió el sábado del hospital marcial de Walter Reed aquí en Washington y se dispuso a acontecer a la éxito como el primer médico presidencial en la historia de Estados Unidos en confundir más que aclarar la situación de su paciente. «El presidente está muy proporcionadamente», dijo, para ser desautorizado momentos a posteriori por el mismísimo cabecilla de aposento de la Casa Blanca, Mark Meadows, quien dijo que en existencia había habido muchos motivos para la preocupación.

La situación del apuesto doctor Conley (Pensilvania, 1980) es ciertamente complicada. Trabaja para un presidente muy quisquilloso, obsesionado con su sanidad y con parecer vigor a sus 74 abriles. Es sabido que a Trump le gusta hasta dictar sus propios partes médicos, por eso en febrero de 2019 el doctor Conley emitió un crónica en el que afirmaba a que el presidente estaba excelente y se aventuraba a asegurar que lo estaría «por el resto de su presidencia y mucho más allá», un examen más de futurología que otra cosa, pasado lo pasado.

Preguntas incómodas

Pero, claro, Conley no trabaja solo para Trump, sino para la presidencia en sí misma, y se ve obligado a combatir con preguntas —simples— de la prensa para las que dice no tener respuesta: ¿qué medicamentos sigue tomando el presidente?, ¿hasta dónde ha bajado su oxígeno en crimen?, ¿presenta mercadería secundarios en su tratamiento? Delante todas esas preguntas, las respuestas del doctor Conley suelen ser: «No puedo dar más detalles».

Así, es una núcleo qué motivos le han llevado a dar el entrada al presidente cuando sólo ha estado ingresado tres días, un tiempo irrisorio si se compara con la convalecencia media de un paciente de coronavirus, más del peso y la existencia de Trump. Lo que está claro es que Trump ha presionado, y mucho, para ser enviado a casa, y a Conley y su equipo de doctores no le ha quedado más remedio que dar un marchamo de aprobación médica a lo que el presidente ya ha decidido hacer de antemano.

La disciplina del doctor es comprensible, pues Conley es en existencia un soldado. Tras licenciarse en osteopatía entró en la Armada, y de allí atendió a los soldados de la OTAN en el campo de batalla de Afganistán. El coraje y esmero con que trató a unos soldados de Rumanía que fueron atacados por los insurgentes le valió un homenaje del gobierno de ese país. Y a su regreso a EE.UU. acabó ingresando en el prestigioso equipo médico del presidente, que él mismo lidera desde 2018, cuando su antecesor fue escogido para otro puesto.

Como médico de almohada del presidente, Conley ha sido ciertamente complaciente con su paciente. En primavera, por ejemplo, cedió en presencia de Trump y le recetó, según dijo en un comunicado, hidroxicloroquina, un tratamiento para la malaria que algunos, incluido el presidente, consideraron filántropo para aprestar y tratar el virus, sin pruebas científicas. La comunidad médica, sin secuestro, lo ha descartado, y de hecho, en esta ocasión Trump no lo está tomando, a pesar de suceder contraído el virus. Sí ha estado el presidente bajo un agresivo tratamiento para casos graves de coronavirus, recetado por el propio Conley: cóctel de anticuerpos de Regeneron, el antiviral remdesivir y hasta esteroides. Aun así el médico sigue manteniendo, como dijo en el parte de ayer, que Trump está en magnífico estado.

Tras la desautorización del cabecilla de aposento el sábado, y las preguntas de la prensa, el doctor Conley dio el domingo una respuesta clara de cuál era su filosofía de trabajo. Dijo que en sus partes no quiere influir sobre la cambio del enfermo. En resumidas, que quiere tener a Trump tranquilo.

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