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Schwartzman se hace enorme ante Thiem

Schwartzman se hace enorme delante Thiem
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Laura MartaLaura Marta

Al final, las normas anticovid impidieron el saludo que entreambos necesitaban y merecían. Luego de cinco horas de una batalla descomunal, Dominic Thiem y Diego Schwartzman ni siquiera pudieron compartir un indisposición. Respeto mutuo eso sí porque el partido podía habérselo llevado cualquiera de los dos y no habría sido ninguna injusticia. Al final, fue el argentino quien tuvo poco más de fe. Lo único que los diferenció en este choque de cuartos que fue un festín de tenis. Diego Schwartzman ya no es peque, si es que alguna vez lo fue más allá de su calidad. Es un enorme participante que no dejó de pelear ni un instante, y eso que tuvo sus momentos de merma, agarrado como estuvo en las oportunidades desaprovechadas. Ya la tiene, semifinalista de Roland Garros (7-6 (1), 5-7, 6-7 (6), 7-6 (5) y 6-2).

Atractivo el cruce como ningún porque a Thiem se le ha puesto cara de campeón tras superar por fin su primer Grand Slam en el US Open hace unas semanas, y porque Schwartzman es mucho mejor en tierra rastreo cada día que pasa. Estupenda batalla entre dos tenistas que se dejaron todo, ideas, fuerzas, sudor, casi lágrimas. Pero ganó la táctica, la hormiguita que pone todo su empeño en lo que sabe hacer y martillea la honesto del rival como una chispa. Toc. Toc. Toc. Hasta desgastar la fe contraria.

El argentino suple de maravilla su «errata» de envergadura (mide 1’70, allí de otras torres que se imponen en el tenis) con una soberbia inteligencia; un mago para cambiar staff y ritmos y piernas de correcaminos para anular cualquier intento de dejada. Ahí donde se enredó el austriaco, dale que te pego a un conmoción con el que no hacía ningún daño. Thiem igualmente tardó mucho tiempo, todo el primer set y parte del segundo, en descubrir que el revés cortado no era la mejor opción delante un Schwartzman que llega a todo y desaparecido las rodillas como nadie para impulsarse hasta el infinito. Siquiera le inquietaron demasiado las bolas altas al argentino, acostumbrado como está a tropezar ayer de tiempo los botes que recibe de los rivales y que superan su hombro con facilidad.

De ahí que Schwartzman se apuntara el primer set. Por robusto y pícaro a la hora de subir a la red o dejar la pelota muerta con unas dejadas ilegibles. Pocos como «el peque» se agarran a la red a pesar de la «errata» de pico para atrapar voleas y acortar los puntos. 7-1 fue el resultado del tie break, 65 minutos de recreo. Problemas para un Thiem que no encontraba su ritmo y su idioma corporal mostraba abatimiento, desconcierto y cansancio y sus piernas cierta cachaza para moverse en la carrera. Cero extraño luego de otra paliza mencionado delante Hugo Gaston, que le anuló dos sets y lo obligó a desgastarse más de la cuenta para ascender a estas staff de torneo.

Pero si en poco ha crecido el austriaco en estos dos últimos abriles de despegue definitivo -dos finales en París-, es en encontrar el conmoción adecuado cuando las cosas se ponen muy en contra. Desarrollados multitud de fortuna en estos abriles de crecimiento a la sombra de los grandes y perseguido por los jóvenes. Thiem no solo tiene potencia, virtud que demanda este tenis presente, igualmente tiene un tiro que desplaza al rival hasta los laterales y le deja autopista para meterse con la derecha paralela.

Y es ese drive el que lo llevó ayer a rozar las semifinales. En cuanto halló la alternativa de ampararse el revés y divulgar la derecha inscripción y al fondo, a Schwartzman se le acortaron las respuestas y las piernas. Incluso logró dominar al singladura, incómodo en los dos primeros sets, esperando el austriaco que la ordenamiento cerrara el techo. pero solo fue una cirro amenazador lo que paralizó el cruce unos minutos. El partido siguió de inmediato a techo descubierto.

Incluso es verdad que el argentino, que ganó a Nadal en el Masters 1.000 de Roma hace unos días, le errata ese pequeño estirón que ya ha legado Thiem. El de no equivocarse en los fallos anteriores. Allí se quedó atascado el argentino cuando desaprovechó una bulo de set en la segunda manga. «Me quedé agarrado en el game que perdí. No puedo detener de pensar en la bulo que erré», se repetía en tirabuzón mientras veía cómo Thiem dejaba los gestos de cansancio y se venía alrededor de en lo alto volcado en su tiro y en su derecha. 71 minutos de recreo.

Aún así, el argentino siguió bregando, levantándose igualmente en la tercera manga de un break y llevando al austriaco al linde, que no podrá moverse hoy luego de la paliza. Física y mental. Con intercambios que superaron con facilidad los 30 golpes, con tie break igualmente empachado de suspense porque Thiem dominaba por 5-1 y tuvo que azuzar los dientes con más beligerancia para poder cerrarlo a su atención. El tenis alcanzó el anciano nivel conocido en el torneo. otros 65 minutos de batalla.

Luego de cuatro horas, aprecería que las fuerzas empezaran a decaer. Pero ningún dio su benefactor a torcer. Férrea mentalidad por parte de los dos. Y aunque el tanteador soplaba en atención de Thiem, ni mucho menos fue un regalo, ni mucho menos el argentino se dejó dominar por las circunstancias, por acaecer desaprovechado otra bulo de set en el tercer capítulo. La Chatrier, encantada con el festín de tenis, todavía tenía por delante otra hora de espectáculo. Porque a Schwartzman se le puso entre ceja y ceja que quiere hacerse ancho en París, y si no lo era ya, se agigantó en el cuarto parcial.

Incluso comenzó por debajo en el tanteador, pero remó delante un granl Thiem, que ya no sabía cómo hacer para que sus tremendos drives lograran el daño necesario para tumbar a su rival. El argentino siguió en su carrera: a valer, a defender, a atacar en la mínima oportunidad, a firmar unas dejadas impecables y a martillear el grandísimo tenis de Thiem. Igualadísimo en ganadores y errores no forzados, si es que alguno era no forzado de verdad, dada la intensidad del choque. Incluso tie break en el cuarto. Y ese revés paralelo del austriaco que se marchó al pasillo dio alas a Schwartzman. Cuatro horas y media, 71 minutos de paliza. Y aún quedaba un botellín set.

Más corto pero igual de intenso porque ya sí se jugaba con el depósito de las energías en rojo constante. Pero la hormiga había puesto más semillas en su bolsa. Y la táctica funcionó. Seguir trabajando, de costado a costado, a pesar de la buena comportamiento de Thiem que empezó a flaquear en efectividad. Los 170 centímetros fueron haciéndose cada vez mayores, mientras se empequeñecía el campeón del US Open, incapaz de doblegar la fortaleza honesto del rival. Pareció que el austriaco bajaba por fin los brazos. Con esa dejada que ni siquiera llegó a rozar la red y que cayó fulminada por puro agotamiento. Alegría para «el peque», tremendo en este Roland Garros, donde ya es semifinalista, por primera vez. En su tercer partido a cinco mangas, luego de cinco horas de partido. Inolvidable. La fe pudo con todo.

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