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Putin aprovecha la crisis política en Bielorrusia para intentar su anexión

Putin aprovecha la crisis política en Bielorrusia para intentar su anexión
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Rafael M. MañuecoRafael M. Mañueco

Las protestas que se repiten cada día en Bielorrusia, las de cada domingo, como ayer, son las más multitudinarias, en demanda de que Alexánder Lukashenko acceda a la repetición de las elecciones y cese la violencia, no sólo no constituyen un obstáculo para los planes que tiene el presidente ruso, Vladimir Putin, de engullir el país vecino, sino que los facilita en la medida en que debilitan al dictador bielorruso.

Lukashenko, el promotor original de la unión ruso-bielorrusa, terminó dándole la espalda a Moscú, hasta el punto de que en Rusia son muchos los que piensan que aquel plan no era más que una estratagema para obtener gas y petróleo baratos sin la beocio intención de ceder soberanía. Ahora, sin requisa, las cosas han cambiado. El presidente bielorruso está en donde querían verle en el Kremlin, contra las cuerdas.

Hasta hoy día, Lukashenko había acabado capear el malestar popular a posteriori de cada convocatoria electoral, todas ellas, a excepción de la de 1994, con resultados manipulados y fraudulentos. Esta vez no ha sido la primera que la masa ha saliente a la calle para denunciar un pucherazo y exigir unos comicios limpios y auténticamente democráticos. Pero el dictador lograba siempre aplastar las protestas a pulvínulo de represión y encarcelamientos. Ahora todavía no lo ha conseguido y las movilizaciones duran ya prácticamente un mes.

En este contexto, la semana pasada la Diplomacia y el Gobierno ruso desarrollaron una actividad encendido para servirse el momento. El miércoles se reunieron en Moscú los ministros de Exteriores ruso y bielorruso, Serguéi Lavrov y Vladimir Makéi, y, al día posterior, viajó Minsk el principal del Gobierno ruso, Mijaíl Mishustin, acompañado de los ministros de Energía y Finanzas, Alexánder Nóvak y Andréi Siluánov.

Les recibió Lukashenko y retomaron la dietario para hacer existencia la tantas veces postergada «Unión Estatal». Se habló igualmente de la refinanciación de los 845 millones de euros de deuda que Minsk tiene contraída con Moscú, de nuevos créditos y de los suministros de gas y petróleo. Días ayer, Putin prometió mandar fuerzas policiales a Bielorrusia, si la situación se «descontrola». Pero las cosas hace muy poco era perfectamente distintas. A principios de agosto, el dirigente bielorruso acusó a Rusia de mandar mercenarios a su país para desestabilizar la situación en la víspera electoral.

Lukashenko y el predecesor de Putin, Boris Yeltsin, rubricaron pomposamente en el Kremlin, el 8 de diciembre de 1999, el acuerdo para la creación de un estado conjunto, era el cuarto documento tras tres intentos anteriores que no fructificaron. Preveía la creación de una estructura confederal con una misma política económica y de defensa y con una moneda única.

La firma estuvo precedida de una gran polémica por parte de quienes temían en Rusia unirse a un Estado dirigido por un déspota como Lukashenko y igualmente por los nacionalistas bielorrusos que rechazaban retornar a formar parte del «imperio ruso». La idea, una vez pactadas todas las cuestiones de índole política, jurídica y económica, era reparar la Constitución de entreambos países y aprobar el documento final en sendas consultas populares.

Pero el plan quedó inconcluso. Eso sí con algunos avances. Tomando como referente la Unión Europea, crearon un espacio financiero popular y eliminaron los controles fronterizos y aduaneros. Y hasta eso se desmoronó. Ya desde el año pasado Rusia vigila de nuevo su frontera con Bielorrusia. Estableció un requisa a algunos productos bielorrusos, a la carne por ejemplo. Moscú no quiso descabalgar el precio del petróleo y del gas a su vecino y siquiera a reestructurar su deuda.

Ofensa de las relaciones

Varios factores degradaron ya de ayer las relaciones entre los dos países: el rechazo del presidente bielorruso a privatizar sus empresas estatales a gracia de corporaciones rusas, la negativa a recordar a Crimea como comarca ruso, el acercamiento de Minsk a Poniente y, como consecuencia de ello, la aniquilación del visado para los ciudadanos de la Unión Europea y Estados Unidos en visitas cortas a Bielorrusia. El Kremlin ha dibujado por otra parte repetidamente a Lukashenko de beneficiarse de las sanciones de Moscú a la UE, utilizando las ventajas de la zona de expedito comercio con Rusia para convertirse en área de tránsito de las mercancías vetadas.

Putin presionó una y otra vez a Lukashenko para concluir de una vez la deseada «integración» de Bielorrusia. El propio presidente bielorruso denunció reiteradamente tales presiones. En diciembre de 2019, con motivo del 20 aniversario de la firma por Yeltsin y Lukashenko del documento pulvínulo, el Kremlin intentó una vez más tolerar a término la «unión», pero igualmente sin lograrlo.

Una nueva tentativa se produjo el pasado mes de febrero en Sochi (mar Enojado) con la comprensión de una nueva ronda de negociaciones. La llamaron «el momento de la verdad», pero siquiera cuajó. Lukashenko no quería perder soberanía y las relaciones con Moscú se enfriaron mucho más.

Dejando atisbar el miedo de Rusia a una batalla expeditiva contra el país vecino, como la llevada a término en Ucrania, el senador ruso Andréi Klimov dijo que, en la nueva situación, «habrá que proceder con mucha cautela». Ahora Lukashenko lo ha puesto todo en bandeja. Su ansia desmedida de poder manipulando el recuento de las elecciones le ha llevado a una situación de máxima vulnerabilidad en presencia de Rusia y todo indica que en Moscú la aprovecharán.

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