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Pablo Ortega: Septiembre, principio y fin

Pablo Ortega: Septiembre, principio y fin
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Pablo Ortega

Siempre he creído –y así lo he escrito más de una vez– en la existencia de un misterioso hilo subterráneo que confederación al cazador con sus paisajes. El cómo tiene sitio esta sorprendente osmosis es un hermético de difícil comprensión; pero lo cierto es que el cazador auténtico, enamorado hasta la núcleo del campo y sus criaturas, nota verdecer en su interior la alegría de los prados floreciendo bajo los primeros soles de primavera con la misma intensidad, dolorosa de puro actual, con la que siente resecarse la tierra en la adhesión canícula, cuando las rastrojeras son leña y se cuartea la arcilla de los últimos labajos.

No son, sin confiscación, estos paisajes para el cazador estáticos ambientes, naturalezas muertas objeto de simple contemplación estética, como lo serían para el pintor o el turista. Están, por el contrario, cargados de vida y dinamismo por causa de los seres que el cazador en ellos imaginariamente intuye y sitúa, y que son sin duda la causa del incontenible atracción que en torno a diferentes escenarios, en función de la época del año, experimenta.

Y así, en los prados vestidos de verdes nuevos, el hombre tocado por la pasión del monte no puede dejar de colocar la silueta esquiva de aquel corzo mil veces soñado, ni pegado al barrizal del labajo, iluminado por la cristalera de agosto, la sombra de un navajero de alcurnia. Por el mismo reflexiva mental, el olor a paja mojada de un rastrojo húmedo por el rocío de la mañana inevitablemente le traerá a las mientes el repentino y tembloroso proceder de una codorniz; y el crujir del hielo al quebrarse entre los carrizos, el zumbido fugaz de un mandato de cercetas. En septiembre, sin confiscación, cuando las noches empiezan a alargarse y se huele en el dominio la humedad que traen las primeras nubes, los paisajes que al cazador se le remueven muy adentro, en el sitio donde se sedimentan las pasiones más profundas, son cuerdas y rañas que resuenan en un clamor de berrea, campos de mirasol surcados, a la incierta luz del amanecer, por veloces y altos vuelos de tórtolas ya de paso –hoy ciento y mañana ninguna–, y recónditos ribazos y perdidos, no hollados por el manada, donde quizás encontrarse con la sorpresa de una inesperada unión de africanas de ensainadas pechugas.

Y es que septiembre es mes de mudanza. En el campo, como en la vida urbana, cumplido el verano, todo cambia de ritmo. Se vuelve en torno a los cuarteles de invierno. A nadie que escudriñe su entorno natural con un pequeño de atención puede pasarle esto inadvertido. Los nidos de las conspicuas cigüeñas, que durante la primavera y el verano fueron un trajín de sonoros aletazos blanquinegros, están ya vacíos y silenciosos. Los estorninos invaden los viñedos maduros en escandalosos bandos mientras los de las golondrinas pasajeras componen caprichosas caligrafías en los cables eléctricos; y cualquier mañana un diminuto papamoscas, surgido de no se sabe dónde, revoloteará espasmódicamente desde su posadero a la caza de los insectos que le dan nombre.

Pero en septiembre el cazador, como el campo todo, solo quiere mirar al frente, al otoño que se intuye y se desea, pues septiembre es, como marzo, uno de esos meses que no son sino anuncio de otros más plenos que ellos. Fin de una etapa –el invierno en el caso de marzo, el verano en el de septiembre–, no son ya completo invierno ni total verano, pero siquiera aún la primavera o el otoño que para esas fechas se presienten y en plenitud se ansían. Tienen, sin confiscación, por ello el derrengado encanto de lo que acaba y la alegría prometedora de aquello que se inicia. Septiembre es, en suma, verano y otoño a la vez.

«Sabed que muchas veces es mejor el camino que la posada», dice don Idealista a Sancho para mostrarle, adecuadamente en vano, la importancia de disfrutar de lo que aún está por alcanzar, y que tantas veces defrauda una vez llegado. Con este humor, con la fruición con la que uno se recrea en el prólogo de un buen volumen, deben paladearse los treinta días de delicia, cada uno diverso del otro, que septiembre ofrece. Desde el todavía puro verano de sus inicios hasta el otoño entrado de San Miguel, con trajín de vendimia y humear de rastrojos, este mes pone en nuestra mano todo un rosario de jornadas que desgranar y recrearse despaciosamente, con la esperanza viva de que este año, tan singular por la pandemia que ha cambiado nuestras vidas, el otoño y la temporada, como la posada de Sancho, no decepcionen.

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