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Mike Pence, un disciplinado número dos

Mike Pence, un disciplinado número dos
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David AlandeteDavid Alandete

El vicepresidente Mike Pence llega al debate cuando podría suceder tenido las riendas del país en sus manos, pero no. Ciertamente, el presidente Donald Trump tenía motivos para invocar la 25ª mejora de la Constitución la semana pasada, declararse temporalmente incapacitado y dejar el gobierno en manos de su «número dos», convaleciente como estaba de coronavirus. No sería en efectividad poco inaudito. Ronald Reagan lo hizo, y George Bush hijo asimismo, dos veces. Incluso Boris Johnson en Reino Unido delegó la gobierno de gobierno al ser ingresado por coronavirus.

Pero Trump es Trump, y en su convalecencia fue más un héroe enjaulado que otra cosa, negándose a pasarle el testimonio aunque fuera durante unos minutos a su adepto y disciplinado vicepresidente. En tres días estaba ya de revés en la Casa Blanca. Pence, tras el ingreso del presidente en el hospital marcial Walter Reed, había anunciado que había entregado pesimista en la prueba de coronavirus y que luego mantenía sus actos de campaña y el debate programado para este miércoles por la oscuridad en Utah.

Desde que Trump se hizo con la candidatura del Partido Republicano en 2016, Pence fue una especie de última esperanza de muchos conservadores convencionales. Era cualquiera, pensaban, capaz de poner coto a los instintos más heterodoxos del candidato, un republicano al uso, sin estridencias, con la experiencia de suceder sido dirigente de Indiana entre 2013 y 2017.

Pero pronto descubrieron Pence y los republicanos en el Capitolio que nadie podía poner coto a Trump. La influencia del vicepresidente en la suministro ha sido mucho beocio de lo habitual. No es un Dick Cheney con George W. Bush, poder en la sombra, y ni siquiera es un Joe Biden con Barack Obama, un asesor franco y escuchado. En el puesto, Pence se ha convertido en un adepto soldado, cualquiera que cumple órdenes y defiende a capa y espada a su caudillo.

No es que haya estado alejado de los peligrosos focos de la polémica. En una era en la cual en EE.UU. abundan los reportajes con fuentes anónimas, muchas han sido las supuestas exclusivas de que, frente a las estridencias de Trump, su gobierno pensó en declararle incapaz por la fuerza, echarle de la Casa Blanca y poner a Pence en su superficie. El vicepresidente las ha torpe todas.

De todos modos, conspicuo es el contraste entre Trump y este hombre de fe inquebrantable, fuertes títulos cristianos e intenso conservadurismo, reconocido hasta hace unos abriles por no tener reuniones con mujeres a solas y a puerta cerrada.

Son en efectividad como el agua y el óleo, unidos mientras dure el gobierno. Sabe Pence, adicionalmente, que no fue primer plato. En un nuevo tomo, Rick Gates, empleado de la campaña de Trump en 2016, reveló que entonces este quería hacer candidata a la vicepresidencia a su hija Ivanka. Solo cuando se dio cuenta de que aquello era inalcanzable, se conformó con el premio de consolación.

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