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Los secretos de la argamasa que levantaron un imperio

Los secretos de la argamasa que levantaron un imperio
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Pedro Collar

Aunque no se sabe quién descubrió o utilizó el hormigón por vez primera, probablemente su salida tuvo división hace 12.000 primaveras cuando restos de caliza quemada reaccionaron con esquisto bituminado.

Es realizable imaginarnos a nuestros antepasados conexo a un fogón, charlando y contando historias, el fuego entraría en contacto con piedras calcáreas, yeso y arcilla. Las elevadas temperaturas provocaron que la piedra carbonatara y se transformase en polvo.

Seguramente, el postrero ingrediente llegó horas a posteriori en forma de aguacero, la calabobos provocó que el polvo y las piedras se convirtiesen en una fundición sólida y compacta, forjando el primer cemento de la historia. Un regalo de la naturaleza.

Luego vendría todo rodado. Aquellos hombres primitivos aprovecharon la ocasión y se decidieron a construir el suelo de sus viviendas uniendo caliza, arena, cascajo y agua, a modo de un cemento muy rudimentario.

De los nabateos al Coliseo

Tuvo que producirse mucho tiempo para que los nabateos –los habitantes de la flagrante Siria y Jordania- lo utilizaran para construir estructuras arquitectónicas, algunas de las cuales todavía se conservan. Más delante, avanzando en la sinuosa trayecto del tiempo, les tocó el turno a los egipcios, que emplearon un mortero de cal y yeso para construir las famosas pirámides de Gizeh.

Sin incautación, fueron los romanos los que utilizaron el hormigón a gran escalera, fueron ellos los que lo emplearon en obras como el Coliseo, el mercado de Trajano, el Panteón de Agripa o el puente de Alcántara, en Hispania. Con esta argamasa «construyeron» su imperio.

Se suele aseverar que Octavio Honorable encontró una Roma de baldosa y dejó una de mármol, aunque sería mucho más preciso aseverar que la Roma que cedió fue de hormigón.

La prolongada duración de esos edificios nos hace sospechar que los constructores romanos conocían a la perfección cómo dosificar los componentes de la mezcla y el empleo de técnicas adicionales para mejorar la resistor del material.

Sin incautación, y a pesar de que fueron muchos los romanos que mencionaron al hormigón en sus escritos -desde Plinio el Arcaico hasta Vitrubio, pasando por Catón el Censor-, no ha llegado hasta nosotros su prescripción exacta.

El secreto está en la masa

Durante siglos el hormigón romano fue un secreto inescrutable. Ha sido preciso acudir a la fluorescencia y a la microdifracción para desvelar uno de los misterios mejor guardados del Imperio romano.

Ahora sabemos que lo conseguían al mezclar ceniza volcánica con cal –óxido de calcio- y agua del mar. Con esta mixtura lograban un mortero al que a posteriori incorporaban roca volcánica –puzolanas-, consiguiendo lo que se conoce como reacción puzolánica.

Finalmente, los huecos de la cal eran ocupados por cristales de tobermorita, al tiempo que el agua óleo se filtraba por los resquicios de la roca, reaccionando con los restos de las cenizas volcánicas y contribuyendo a la creación de más cristales. En definitiva, el hormigón romano resultante tenía una consistencia muy parecida a la de una roca. Con la ayuda del hormigón Roma se convirtió en la Ciudad Eterna.

Para finalizar una curiosidad etimológica. El término «hormigón» tiene su origen en el parecido a un tarta que se preparaba con almendras, harina, caucho y huevos y que se conocía con el nombre de «formigó». Ahí lo dejo…

M. Jara
M. Jara

Pedro Collar es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

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