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Los misteriosos rayos globulares que acompañaban a los aviones en la Segunda Guerra Mundial

Los misteriosos rayos globulares que acompañaban a los aviones en la Segunda Exterminio Mundial
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Pedro Collar

Las aventuras de Tintín están plagadas de fenómenos atmosféricos, desde las inundaciones periódicas propias del sureste oriental hasta las tormentas de arena, pasando por lluvias, vendavales, nevadas o arcoíris.

De todos ellos, el más impresionante es, sin duda, el centella globular –además llamado centella o centella bola- y que aparece en la portada de «Las siete bolas de cristal».

Muy probablemente Hergé era conocedor de la ilustración «L`eclair en boule» –una fantasía de relámpago- que apareció en el manual de ciencia francés «La anture: revue des ciences et de leurs applications aux arts et a l`industrie».

Ni centella ni fantasía

Los rayos son uno de los fenómenos naturales más maravillosos que podemos observar, son descargas de luz en forma de meta, con una duración de casi nada unas milésimas de segundo y con un voltaje muy elevado, equivalente a cientos de millones de voltios.

El centella globular es desconocido por una gran mayoría de la población, en parte por su excepcionalidad. Se estima que se produce uno por cada diez mil rayos ordinarios que se registran durante una tormenta.

Esta devaluación incidencia provocó que no fuese hasta el 21 de octubre de 1638 cuando se consiguió la primera descripción sólida de la historia. Fue en el condado inglés de Devon, allí un engendro conocido como «the great storm» destruyó el techo de la iglesia de San Pancracio delante la estupefacta examen de los fieles.

Tiempo luego, el zar Nicolás II pudo ser testimonio de excepción de uno de estos fenómenos durante un servicio religioso en una iglesia.

En Japón además son conocidos y forman parte de la tradición hablado, se les designa con el nombre de «hitodama» y se asocian al alma de los muertos.

Hasta la Segunda Exterminio Mundial las descripciones fueron anecdóticas, fue durante la contienda cuando los pilotos, tanto aliados como los alemanes, dieron cuenta de la presencia de puntos luminosos que «acompañaban» a sus aviones de combate. Los describían generalmente de una coloración rojiza o azulada.

A pesar de su nombre no son ni rayos ni bolas, a lo que más se asemeja es a un «platillo volante». Su tamaño suele oscilar entre los diez y cuarenta centímetros, y suelen desplazarse por el suelo a una velocidad de escasos metros por segundo, acompañados de un ruido que recuerda a la crepitación del agua hirviendo o a un silbido.

El secreto está en el hábitat número 14

Los rayos globulares siguen un patrón fortuito, con movimientos no claramente definidos, unas veces se mueve forma rápida y otras veces flota lentamente, hasta que terminan por detenerse con un estruendo, dejando un olor inmundo a azufre, óxido nítrico u ozono en el ámbito.

La corta duración y la concepción aparentemente espontánea explican por qué durante mucho tiempo no hayamos tenido una teoría científica consistente que los pudiese explicar.

Por fortuna la situación cambió en el año 2007 cuando un equipo de científicos fue capaz de suscitar rayos globulares en el interior de un laboratorio, a través de la oxidación de nanopartículas de silicio. En ese momento los científicos se encontraban en condiciones de desarrollar una explicación científica.

Actualmente se acepta que cuando se forman este tipo de relámpagos algunos minerales del suelo son evaporados, generalmente aquellos que contienen silicio, y al contacto con el oxígeno del garbo sus filamentos se inflaman, generando el engendro óptico. Así de sencillo…

M. Jara
M. Jara

Pedro Collar es médico internista del Hospital de El Escorial (Madrid) y autor de varios libros de divulgación.

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