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Los 8.000 soldados de Franco que combatieron a las órdenes del Espartaco de Kirk Douglas

Los 8.000 soldados de Franco que combatieron a las órdenes del Espartaco de Kirk Douglas
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Lucía M. CabanelasLucía M. Cabanelas

Cuesta imaginar a un prisionero presentar batalla contra las organizadas e inexpugnables legiones romanas, una temeridad para una una hormiga frente a un ejército de osos hormigueros. Cierto es que el valencia no entiende de tamaños, y que no todos los esclavos tenían la picardía insurgente de Espartaco ni el físico y el hoyuelo en el mentón de Kirk Douglas. En un péplum para enmarcar, que consolidó el variedad del cine histórico y se llevó cuatro premios Oscar, a punto estuvo el actor, dirigido por Stanley Kubrick en 1960, de vencer a las tropas del cónsul romano Ámbito Licinio Craso, ese aristócrata que pasó a la historia por financiar a un damisela y empobrecido Julio César. Pero un insólito pacto entre Hollywood y Francisco Franco echó por tierra el honor de Espartaco, que terminó, como Jesús, crucificado.

Kubrick en el rodaje en España
Kubrick en el rodaje en España

Cuando el rodaje estadounidense de «Espartaco» tocaba a su fin, Kubrick se percató de que a la película le faltaba poco: una gran batalla. El músculo (la pluma) de un Dalton Trumbo clandestino –perseguido por el mccarthismo– golpeaba vigoroso en casi todas las escenas, menos en la de un gran combate que brillaba por su abandono en el insignia. Por fortuna, por otra parte de protagonista, Kirk Douglas era un hábil productor y consiguió que Universal duplicara el presupuesto para las escenas de batalla, de modo que improvisó en noviembre de 1959 un rodaje en Madrid y Guadalajara donde participaría el Ejército gachupin.

Por muy tentador que fuera trasladar el set de rodaje a España, donde los incentivos fiscales, el clima, la variedad de localizaciones y las horas de sol convertían al país en una suerte de Edén al sur de Europa, a punto estuvo de fracasar la abyección maestra de la meca del cine. La suerte quiso que, a posteriori de que Franco ordenara a su ministro de Defensa suprimir el plan, un cheque a la «ordenamiento benéfica» de su esposa atajara el problema.

«La única orden que dio Franco fue que no se autorizaba que ningún de sus soldados muriera en la película [en pantalla]. No es que le preocupara su seguridad, simplemente no quería que hiciéramos que pareciera como si murieran. Orgullo gachupin», escribió Kirk Douglas en «Yo soy Espartaco». Así, más de ocho mil soldados españoles, a razón de ocho dólares al día, se pusieron la lorica, las grebas y la gálea de todo buen legionario romano. Uno de ellos fue Eugenio Rodríguez Robledano, por entonces angla primero del regimiento del Alcázar de Toledo número 61, y uno de los militares que cambió a Franco por Kubrick, que impartía las órdenes desde unas torretas improvisadas construidas en Colmenar Envejecido.

Un ejército… de piojos

Eugenio Rodríguez Robledano, cabo primero del regimiento del Alcázar de Toledo, tenía 23 años cuando formó a las órdenes de Kubrick
Eugenio Rodríguez Robledano, angla primero del regimiento del Alcázar de Toledo, tenía 23 primaveras cuando formó a las órdenes de Kubrick

«Por la mañana nos dieron uniformes en sacos de plástico que no abrimos hasta a posteriori de tomar, cuando nos pidieron que nos vistiéramos y posáramos en una revista informativa», cuenta Rodríguez Robledano, que tenía 23 primaveras ese otoño de finales de los cincuenta. «Los sacos tenían miles de piojos. A mí me dieron uno de centurión que estaba infestado. Cuando nos los quitamos por la oscuridad, resulta que los uniformes andaban solos. La multitud tuvo que lavarse en las duchas, en las fuentes y en los abrevaderos. Tuve que ir al mando a quejarme, porque los soldados no estaban dispuestos a ponérselos de nuevo. Al final, nos trajeron varias bolsas con Zz –el producto químico para concluir con la plaga–. El problema fue que la multitud enloqueció cuando se aplicó la sustancia en las rozaduras», recuerda, divertido. Una historia que inspiró el documental «Péplum», que ahora su nieto Eugenio Rodríguez Rigo le regala a su antecesor. «Siempre veía con él la película, es la típica que ponen en Semana Santa, y memoria que en la batalla final se señalaba y decía qué puesto ocupaba en la formación. Siempre me hizo ilusión, desde pequeño, que mi antecesor saliera en una película de Hollywood», reconoce el realizador.

Kubrick, un gran meticuloso, rodó en Colmenar Envejecido una de las batallas más espléndidas e icónicasde la historia del cine, para lo que necesitaba el verismo de unas tropas con experiencia auténtico. «Era mejor contar con un ejército de verdad, que sabía formar militarmente, que entrenar a actores sin idea. Para interpretar a los esclavos sí se contó con extras españoles», explica el director de «Péplum».

Eugenio Rodríguez Robledano, con compañeros del regimiento
Eugenio Rodríguez Robledano, con compañeros del regimiento – E. R. R.

Durante una semana, estos soldados jugaron a ser actores en Madrid y Guadalajara y tuvieron que repetir hasta la saciedad escenas como la de la embestida de los rodillos de fuego que lanzaban los esclavos. «Yo iba de centurión en el reunión de la izquierda de persona cerca de donde estaban los rodillos. Cuando los lanzaban, la formación se rompía y había que repetir. Aquello era lo de nunca concluir, lo hacíamos tres o cuatro veces por la mañana y dos o tres por la tarde», se queja Rodríguez Robledano, que ahora tiene 83 primaveras. Aunque no todo era malo en el arduo rodaje. «Nos daban una bolsa de comida por la mañana y nos la comíamos en el campo. Cuando los mandos acababan y volvíamos a rodar por la tarde, nosotros ya nos habíamos comido la bolsa y habíamos dormido la siesta», recuerda este soldado gachupin que fue centurión, mientras otros especialistas eran crucificados, atados y sentados en sillines de bicicletas esperando, durante horas, cubiertos con una frazada para soportar el frío otoñal en las cercanías de Colmenar Envejecido, donde Kubrick utilizó, de fondo, el puente del ferrocarril como si se tratara de un conducción romano. El único problema, reflexiona en el documental, fue que tuvo que repartir los beneficios económicos con los otros cabos de su regimiento al finalizar la película.

No estuvieron para verlo las estrellas de «Espartaco», que no rodaron en España ninguna de las escenas bélicas. De hecho, a Douglas le dobló un experto con una máscara de leche con los rasgos del actor, sobre todo para las escenas lejanas. Para los primeros planos se rodó en California, siendo intercalados con gran tiento durante el montaje.

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