Finanzas

las verdades del barquero desde el pecado original

las verdades del marinero desde el pecado innovador
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María Jesús Pérez

LA cartel de don Tancredo como símbolo de la valentía surgió a finales de 1899 en la plaza de toros de Valencia, cuando Tancredo López Martín hizo por primera vez la estatua, vestido de blanco con ropas cómicas de la época, esperando a la salida de chiquero. El toro creía que la figura blanca era de mármol y no la embestía convencido de su dureza. Una osadía que le catapultó a los mejores carteles taurinos cerrando ya el siglo XIX. ¡Ay si Rodrigo Rato hubiese seguido las doctrina tancredistas allá por 2011 cuando presidía Bankia! Pero no, decidió sacarla a Bolsa y el Gobierno ZP no solo le embistió, le vapuleó y le corneó. Pero proporcionadamente. Puritita cuestión de Estado.

La valor se anunció en la presentación de resultados de 2010 a finales de enero de 2011. Pero la oficiosa la tomó Rato ausencia más terminar la comparecencia de Elena Salgado, a la sazón ministra de Posesiones, al anunciar que las Cajas o salían a Bolsa y/o buscaban inversores o el Gobierno entraría en su haber -¡qué manía tienen los socialistas con este tema!-. A Rato entonces le quedó meridianamente claro dos cosas y así se lo hizo entender a sus más íntimos: «van a por nosotros», y «o salimos a Bolsa o se nos meten en casa y nos convierten en marionetas de sus decisiones». Ese día, Rato estaba en la cuna del castellano, en el Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla, eso sí, muy escéptico, porque, aunque quería salir a los mercados, cierto, ¡no podía deber momento peor! pero ni el Gobierno ni JP Morgan querían retroceder.

Y es que el pecado innovador no fue propiedad única de Rato. La responsabilidad de aquella valor fue coral. El Ejecutante ZP fatalmente consideró que la mejor forma de resolver la presión que los mercados ejercían sobre España y su banca, como consecuencia de la crisis económica mundial, era hacer que las Cajas de Ahorros cotizaran en los mercados, y, para ello, se crearon distintas fórmulas, entre estas los SIP o «fusiones frías». Así, BFA -la unión mediante un SIP del negocio bancario de siete cajas españolas, entre ellas, Caja Madrid y Bancaja– se constituyó el 3 de diciembre de 2010 y comenzó a trabajar el 1 de enero de 2011. BFA heredaba la actividad financiera y bancaria que hasta ese momento realizaban las Cajas, adicionalmente de quedarse con el briqueta que acumulaban esas Cajas, con la idea de que Bankia pudiera salir a Bolsa sin esos activos tóxicos. Un disparate, conocido lo conocido. El momento, lo dicho, el peor posible, de hecho el Gobierno paró la salida de la pública Loterías, por ejemplo.

Pero existía el compromiso «irracional» de convertir a las Cajas en entidades cotizadas, porque ni su gobierno corporativo, ni su estructura de haber, finalidad del negocio, ni su carácter fundacional hacía pensar que esas operaciones fueran un éxito. De hecho, hoy, las que cotizan van renqueantes, las que no cotizan se resisten como minino panza hacia lo alto, y España ha perdido una forma de financiación estable que aportaba 2.000 millones anuales a sostener su tejido social.

¿El inductor de la maniobra? Algún que tras 30 abriles con el sueño financiero en mente ha terminado por hacerlo sinceridad: la gran Caja de Cajas, con la fresco fusión de Caixabank con Bankia. Con 18 exCajas en sus tripas. Isidro Fainé, que posteriormente de intentarlo por primera vez dos décadas ayer -con José Vilarasau, en la presidencia de La Caixa-, en 2010 desde la CECA redactó las opciones para la transformación de las Cajas, con el apoyo de Salgado y… ¡de Rato! Por aquel entonces este es renombrado presidente de Caja Madrid y ayuda a Fainé a conquistar la presidencia de la patronal, una vez que Isidro le trae a España desde el FMI, haciéndole consiliario de Criteria. Hoy por ti, mañana por mí, que diría aquel.

Dicho lo cual, la salida a Bolsa se ha demostrado esta misma semana, con la absolución de los 34 encausados -entre ellos Rato-, que se hizo técnicamente como se debía y con todos los apoyos posibles, incluidos los bancos asesores, y con la «invitación» del Gobierno socialista al resto de bancos y empresas a alterar en Bankia. Por cierto solo se resistió Francisco González, entonces presidente de BBVA. Luego no se produjo estafa de los administradores, que cumplieron con los preceptos legales, con el respaldo del Asiento de España y la CNMV.

Hoy, en marcha ya la onírica gran Caja de Fainé, mención insólito ocupa la presencia de Caixabank en las compañías participadas actuales y en aquellas donde, ya en calidad de tira bandera de España, deberá participar. Proporcionadamente para poner en valencia, proporcionadamente para obtener retornos directos vía dividendo, o ya sea para sostener una presencia institucional allá donde un Gobierno no debe sentar sus intereses de forma declarada. Fainé, pues, tendrá voz y voto en los órganos de gobierno de lo más seleccionado del tejido empresarial regional. Y es ahí donde empezará el ballet de consejeros supuestamente independientes y externos que, en verdad, veremos si solo velan por sus intereses externos independientemente de quién mande. Aunque Don Isidro no necesita a nadie de esos que dicen poner paz entre la empresa y La Moncloa, «bandoleros» del trato que todo lo convierten en enfrentamiento.

Caixabank deberá tener tranquilidad de actitud para sostener como nunca la viabilidad de un tejido productivo herido de compromiso, y atar en corto a la Europa más cainita que ve en la crisis una oportunidad para «okupar» el sur y hacer bueno el tópico de que España es solo un país para jubilarse, doblando voluntades políticas a porrazo de unos fondos de ayuda que se enseñan y se guardan como trileros de la reconstrucción. Y hablando de Sánchez, que le pregunten cómo se las han hecho sobrevenir en Bruselas hace unas horas, recordándole que aún no toca eso de cobrar y que ya se verá. Mejor ser don Tancredo que el «torpe» toro.

María Jesús PérezMaría Jesús PérezRedactora dirigenteMaría Jesús Pérez

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