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Las 2.000 calaveras del único pueblo de España que empieza por «W»

Las 2.000 calaveras del único pueblo de España que empieza por «W»
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M. Gajate

En el año 672 murió en sus parajes el monarca linajudo Recesvinto y fue allí mismo donde se eligió a su sucesor, un eximio llamado Wamba. Es un capítulo más de la historia marcada por el crisol cultural que se ha consolidado sobre la Península pero que en este enclave dejó una particular huella que ha perdurado hasta nuestros días. Y es que aquel nuevo rey dio nombre al que a día de hoy por este hito de su pasado es el único municipio de España que empieza por «W».

A la sombra de los Montes Torozos, a escasos 20 kilómetros de la haber vallisoletana, Wamba es un oasis singular en el que, encima del nombre, la diferencia la marca todavía el longevo atractivo turístico que recala en sus calles, un osario con ciento de calaveras que se esconden entre los muros de la iglesia de Santa María.

Iglesia de Santa María
Iglesia de Santa María – F. HERAS

«Como te ves, yo me vi, como me ves te verás. Todo acaba en esto aquí. Piénsalo y no pecarás». Es la frase que se puede descubrir en el cubículo en el que se apilan calaveras y restos óseos (básicamente fémures) que se conservan desde la Etapa Media. Aunque ahora rondan las 2.000, antiguamente llegaron a ser el triple y cubrían toda la cúpula de este limitado, sobrecogedor y silencioso espacio que advierte a los visitantes de que lo que ven es aquello que tarde o temprano serán. Lo hace a través de sus protagonistas, entre los que incluso es apreciable algún cráneo que esboza una carcajada para deleite del visitante de este tétrico espacio en el que absorber el destino irremediable del ser humano.

Se cree que el origen del Osario de Wamba fue a modo de relicario de los frailes, pero entre los restos se han documentado todavía algunos correspondientes a mujeres y niños. La hipótesis que cobra fuerza en el pueblo es que llegaron allí tras vaciarse el camposanto de la zona. Sea como fuere, en los primaveras cincuenta sus huéspedes se redujeron posteriormente de que Gregorio Marañón cargara dos camiones para utilizarlos en las prácticas con estudiantes de medicina.

Retablo flamenco en el interior del templo
Retablo flamenco en el interior del templo – F. HERAS

El osario completa la entrevista por el pájaro arquitectónico más relevante del municipio, que es una de las pocas iglesias que todavía pueblan España de estilo mozárabe y en la que conviven distintos estilos arquitectónicos que se entremezclan incluso en algunos puntos. La colchoneta y crucero corresponden a un edificio mozárabe y el cuerpo es románico fruto de una posterior ampliación y conserva, encima, detalles visigodos. Destacables son sus arcos de herradura, el retablo de un hornacina funerario de estilo flamenco realizado con oro y plata, el singular «árbol de la vida» que representa una cúpula de palmera y los curiosos y admisiblemente ornamentados capiteles que relatan desde episodios bíblicos a oficios. Para penetrar en sus recovecos se realizan visitas guiadas.

Del convento que antiguamente estuvo contiguo al templo se conservan algunas de las paredes que se franqueaban desde el claustro para consentir a los pasillos que conducían a las dependencias. Pero la huella de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén que las hospedaron se aprecia en todo el templo conservado en forma de su característica cruz.

Estatua de Wamba en uno de los acceso al municipio
Estatua de Wamba en uno de los golpe al municipio – F. HERAS

En un itinerario por este coqueto pueblo de en torno a 300 habitantes se encuentran todavía varias ermitas y una estatua en la que se erige el mismísimo Wamba, aquel rey de la larga directorio de monarcas godos que de memorieta se aprendía en las escuelas. El mismo que, en principio, no quería consentir al trono alegando una elevada etapa y el mismo al que una conjura le apartó de él, tras serle administrado un narcótico que le hizo parecer expirante, recibiendo el sacramento que obligaba entonces a apartarse de la vida pública. Aunque recuperó su sanidad fue obligado a tomar los hábitos y moriría siete primaveras posteriormente en un monasterio de Pampliega (Burgos).

La propuesta turística de Wamba incluye encima una prisma gastronómica, protagonizada por productos resultantes de la matanza, y otra natural, con varias opciones de senderismo por el Valle del Hornija o una tranquila caminata en el merendero yuxtapuesto a la carretera a Valladolid.

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