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La violencia que Biden no consigue apagar

La violencia que Biden no consigue apagar
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Ramón Pérez-Maura

El viernes se anunció que la tasa de desempleo en Estados Unidos está en el 8,4 por ciento luego de crearse en ese mes 1,8 millones de puestos de trabajo. Por lo que pueda regir, los datos de agosto en España todavía no están disponibles, pero en julio la tasa de paro era casi el doble que en la América del malvado Trump: 15,8 por ciento. Guste o no guste, ése es un cifra que puede ser determinante en las elecciones presidenciales del 3 de noviembre. Hasta que irrumpió el coronavirus, la superioridad de Trump en los sondeos hacía casi segura su reelección. La pandemia hizo dispararse las tasas de desempleo, pero una ojeada a la curva del paro hace ver con claridad que eso no es una curva sino una V invertida. Y hay otro coeficiente que todavía puede hacer perder las elecciones a Joe Biden. Y ese está en sus manos mucho más que la marcha de la finanzas: la violencia que no consigue apagar.

Seattle es una ciudad de unos 750.000 habitantes en el Estado de Washington, en la costa Oeste de Estados Unidos, lindando con Canadá. El 8 de junio se estableció en un edificio de la policía específico la Zona Autónoma de Capitol Hill, un autodeclarado estado anarquista que recibió la fortuna del corregidor y desde el que se mantuvo una comuna violenta que finalmente hubo de ser disuelta por la Policía el 1 de julio. El edificio fue recuperado por la Policía de Seattle para su uso y el pasado 24 de agosto sufrió el ataque de anarquistas que le prendieron fuego y bloquearon las puertas desde fuera intentando que los policías que habitaban en el interior muriesen asfixiados o abrasados. Esto ha aparecido más admisiblemente poco en los medios españoles. La Policía consiguió derribar las puertas, salir del edificio y apagar el fuego. El promotor del acto terrorista es un agitador de Black Lives Matter que llegó a Seattle tres días antiguamente del ataque, proveniente de Alaska. Se enfrenta a una condena de hasta 20 primaveras de prisión. Lo relevante de este caso es que el Consistorio de Seattle tiene nueve concejales: ocho del Partido Demócrata y uno de un partido trotskista llamado Alternativa Socialista. Ni uno ha condenado el ataque a esa propiedad municipal que podría favor costado la vida a sus empleados.

El caso de Seattle asemeja a lo que ocurre en otras grandes ciudades norteamericanas gobernadas por los demócratas –aunque los ejemplos no sean tan extremos. Al fin parece que los demócratas empiezan a darse cuenta de que tienen un enfermo problema porque su incapacidad de afrontar la violencia está dando una carta muy ventajosa a Donald Trump. Como admisiblemente ha escrito el periodista John Carlson («For Biden, Riots Present Only Bad Options» WSJ. 03-09-2020) cuando un candidato se encuentra en su campaña con poco inesperado, sólo tiene tres opciones para afrontarlo: la primera es ignorarlo y esperar a que el problema se resuelva por sí mismo. Y aunque no se resuelva, al pretender que no existe, quizá la relevancia del problema disminuya. Por increíble que parezca, ni uno solo de los principales oradores de la convención demócrata hizo la más mínima relato a la violencia que asoma en muchas ciudades. La segunda opción es culpar a tu rival del problema. Pero sucede que casi todos los acasos de violencia están teniendo ocasión en ciudades con alcaldes demócratas y son provocados por movimientos de ultraizquierda. Y cuando Trump ha ofrecido ayuda federal para frenar los disturbios, le han rechazado cualquier apoyo que ofreciese.

Así que queda una tercera opción, que es la de convencer a los votantes de que son ellos, los demócratas, los que van a resolver el problema. El jueves vimos a Joe Biden en Kenosha, Wisconsin, presentándose como el hombre que puede ser un pacificador frente a Trump. El problema de su discurso es que los manifestantes de extrema izquierda protestan contra gobiernos demócratas en ciudades y estados de ese signo político. Y cada vez que han intentado aplacar las protestas, reprimiéndolas con candidez, han conseguido agravarlas. Biden tiene un problema con sus bases.

Ramón Pérez-MauraRamón Pérez-MauraArticulista de OpiniónRamón Pérez-Maura

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