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La guerra «visceral» de Boris Johnson contra la BBC

La pleito «visceral» de Boris Johnson contra la BBC
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Ivannia Salazar

Boris Johnson está en pleito abierta con la BBC. No es un secreto para nadie, pero los buenos datos de audiencia de la sujeción pública durante los meses de la pandemia podrían deber supuesto un respiro. Cero más acullá de la ingenuidad. El primer ministro sajón la tiene en la mira, y desde su presentación al poder decidió atacarla poniendo en duda tanto su financiación –a través de una inmoralidad anual que tienen que retribuir todos los televidentes– como su imparcialidad.

Hace poco más de un mes, anunció que el gobierno publicará próximamente «una hoja de ruta para la reforma de la BBC», aunque algunas normas ya entraron en vigor, provocando furiosas reacciones, como la exterminio de las licencias gratuitas para los mayores de 75 primaveras, que entró en vigor el 1 de agosto y que perjudicó a casi cuatro millones de personas jubiladas. Johnson incluso ha insinuado que una de las propuestas que podrían estar sobre la mesa es la de despenalizar la diversión del cuota del canon. No retribuir la tarifa de inmoralidad de 157,50 libras esterlinas al año (unos 173 euros) es un delito penal, y aquellos que infrinjan las reglas se enfrentan a multas de hasta 1.000 libras esterlinas (1.102 euros) o incluso a penas de prisión (según datos oficiales, cinco personas ingresaron en prisión en 2018 por no retribuir). Un portavoz del primer ministro señaló en septiembre que «existe una amplia variedad de opciones para la reforma de las tarifas de inmoralidad y las consideraremos a su oportuno tiempo», y aunque el sistema presente está protegido hasta el 2027, a partir de esa aniversario podría introducirse un nuevo maniquí de financiación.

Prohibido opinar

Es un hecho que en presencia de el cerco de las grandes plataformas digitales la corporación se enfrenta al desafío de un cambio estructural que le permita adaptarse a los tiempos que corren. Pero los periodistas y el resto de la plantilla temen que la intención del premier no sea precisamente la de fortalecerla. Pese a que la emisora pública es referente del periodismo a nivel mundial, «ningún primer ministro desde Margaret Thatcher ha albergado una animosidad tan visceral y oportunista en dirección a la corporación como el presente», señalaba hace unas semanas en su editorial el diario «The Guardian», que titulaba con una exposición de intenciones: «Asimismo es nuestra lucha».

La polémica incluso se vive internamente, sobre todo tras el anuncio del nuevo director común, Tim Davie, de que aquellos trabajadores que no se ajusten a la política de imparcialidad del medio al dar sus opiniones en las redes sociales podrían tener prohibido utilizarlas y hasta ser despedidos. Pese a que la nota cayó como un jarro de agua fría, algunos apuntan que la medida puede formar parte de la logística de Davie para recuperar la supuesta imparcialidad perdida y apaciguar los embates del premier.

Cambios directivos

A la tensa e inestable ámbito se suman los rumores de que el presente presidente de la corporación, David Clementi, podría ser sustituido por el conservador Charles Moore, columnista pariente a Johnson del «The Daily Telegraph», que irónicamente fue multado en 2010 por no deber pagado la tasa anual de la BBC, que representa el 70% de sus ingresos. Moore por otra parte ha sido criticado por sus supuestas opiniones racistas y antisemitas. Clementi, sin bloqueo, desestimó las especulaciones en presencia de la Cámara de los Comunes, diciendo que «la búsqueda de un nuevo presidente es un asunto del gobierno, y finalmente, del primer ministro». Y aclaró que de acuerdo con los estatutos, «la designación solo puede hacerse posteriormente de una competencia lucha y abierta», por lo cual retraso que «el gobierno aliente a candidatos adecuadamente cualificados a postularse», para que deje de dar «la impresión de que ya hay un solicitante preferido».

«La imparcialidad comienza en la parte superior de la estructura, no comienza en la centro», agregó Clementi, que manifestó que quien se siente en la apero presidencial «deberá poder demostrar que ha dejado sus fuertes opiniones políticas en la puerta».

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