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la extraña pareja que contuvo una posible pandemia

la extraña pareja que contuvo una posible pandemia
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Patricia BioscaPatricia Biosca

Uno de los actuales reclamos turísticos de Londres es el cosmopolita morería del Soho: allí conviven pequeñas tiendas con grandes almacenes, teatros y salas de conciertos, restaurantes de toda clase y oficio, y bares que abren «all day long». Un sitio despreocupado y alegre en el que vaporosos vestidos de todos los colores ondean como banderas en centenares de escaparates. Pero no siempre fue un oficio tan «chic». A mediados del siglo XIX, la población, en su mayoría inmigrantes pobres, vivía apelotonada y rodeada del único vapor de su propia inmundicia. La ciudad crecía a un ritmo acelerado. Tanto que no existían las infraestructuras adecuadas que impidieran poco tan primordial como que el agua que ingerían y los excrementos que expulsaban no se mezclasen. Y así fue cómo un pañal desaliñado fue el origen de la peor avalancha de cólera que sufrió la hacienda británica. Aunque incluso el mejor caldo de cultivo para que una extraña pareja formada por un cura y un anestesiólogo sacudieran las bases del progreso de la civilización moderna.

Esta es la premisa que utiliza el divulgador comprobado Steven Johnson en su obra «El plano aparecido» (reimpresión ahora rescatada en castellano por Capitán Swing), en la que nos presenta un Londres al borde del colapso por omisión de sus propios desechos: desde la figura del detergente de letrinas, quien se dedicaba a sacar fielmente las heces del anticuado sistema de alcantarillado, al olor repugnante que provocaban los vertidos lanzados sin control al Támesis, que en 1858 originaron el engendro conocido como «El Gran Hedor». Así, cuando los últimos días de agosto de 1854 el bebé de los Lewis enfermó -ahora lo conoceríamos como paciente cero- y su principio limpió sus pañales en un pozo indignado cercano a la transitada y admisiblemente considerada fuente de Broad Street -se decía que su agua era la de más calidad de la zona, por lo que mucha concurrencia se desplazaba exprofeso de otros puntos de la ciudad-, decenas de muertes se registraron en cuestión de horas por todo el morería del Soho.

Aquí es donde entra en descanso un binomio histórico totalmente inesperado: el reputado anestesista John Snow y el campechano reverendo Henry Whitehead. Snow era un médico seco y taciturno con sus pacientes que, sin incautación, había vacada el respeto y la fascinación de toda la sociedad de la época, al ser uno de los pioneros de la narcótico moderna (llegó a asistir en el parto del octavo hijo de la Reina Vencimiento). Por su parte, Whitehead era un mancebo sacerdote anglicano muy apegado a su comunidad de St. Luke, en Berwick Street, muy cerca de Soho Square, quien se conocía al dedillo la historia personal de cada uno de sus feligreses.

Ciencia y paciencia

El anestesista se acercó al problema con los fanales de un comprobado: su intuición le decía que había una explicación oculta, un patrón aún invisible que regía aquel brote de cólera tan virulento, que llegó a dejar 616 muertos en escasamente una semana. Snow tenía la idea de que la enfermedad se contagiaba a través del agua, en contra de lo que pensaban los miasmáticos, la corriente más aceptada que estaba convencida de que el mal se esparcía a través de los malos olores -incluso la famosa Florence Nightingale apoyaba esta teoría con vehemencia en los escritos de la época-.

Es por ello que se dedicó a presentarse casa por casa del morería, preguntando a enfermos y familiares acerca del origen del agua que habían consumido -en aquella época, ni siquiera se contemplaba la teoría de que un agente vivo, llamado germen, fuese el causante de la enfermedad, por lo que no se podía simplemente analizar el agua, como ocurre en la actualidad-. Así es como trazó un plano cuyo epicentro era la fuente de Broad Street. El 5 de septiembre consiguió, no sin esfuerzo, que retiraran la palanca del surtidor. A partir de aquí, los casos descendieron en picado hasta que se dio por controlada la avalancha. Pero aún así, la comunidad científica seguía sin dar crédito al planteamiento del anestesista.

Mapa creado por Snow donde cada raya es un muerto. Se puede ver que la mayoría se apilan en torno al surtidor de Baker Street
Plano creado por Snow donde cada guión es un muerto. Se puede ver que la mayoría se apilan en torno al surtidor de Baker Street

En un primer momento, el reverendo Whitehead, tras escuchar la teoría de Snow, se mostró incluso en desacuerdo. Y para probar que el médico no llevaba razón, inició su propia sondeo, mucho menos metódica pero incluyendo apuntes personales que luego se revelaron como decisivos. Así es como llegó hasta un pozo indignado enclavado en el sótano de la comunidad Lewis, donde la principio del bebé limpió los pañales. Al excavar el sumidero, descubrieron que, efectivamente, existían unas importantes filtraciones que conectaban este pozo con el sumidero de Broad Street, convenciéndose de que Snow -y no los miasmáticos, tal y como él mismo pensaba- tenía razón. El reverendo regaló a Snow la evidencia definitiva de su teoría, confirmando que no había sido una simple casualidad, sino que tenía una causalidad probada.

Este extraño tándem que, por cierto, acabó en amistad, sentó las bases para el control de los siguientes brotes de cólera. Por otra parte, sirvió como motivación para reorientar la red de alcantarillado, que desde ese momento vierte los desechos allí de la ciudad. Una clase de cómo la evidencia científica unida al conocimiento almacén pueden detener una avalancha. ¿Les suenan de poco estos dos conceptos?

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