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La dulzura de los piononos en Granada

La dulzura de los piononos en Ciñuela
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Andrés AmorósAndrés Amorós

Esta tarde pensaba estar en Sevilla, viendo la primera corrida de la Feria de San Miguel, con Ponce, Manzanares y Roca Rey. Hace meses, cuando se anunció el cartel, nadie podía imaginar que el virus lo impediría. Ahora, a Ponce le persigue la prensa rosa, Manzanares está convaleciente y Roca Rey ha roto con sus apoderados. Las vueltas que da la vida… Una más: en Ciñuela, la festividad de la Casto de las Angustias, patrona de la ciudad, no se celebra esta vez con procesión ni ofrenda floral pero sí con una miniferia taurina. Casi se repite el cartel del día antecedente, en Chiva, con la suma de Castella. Esta vez, varios toros de Juan Pedro flaquean demasiado pero el cuarto derrocha dulzura y Ponce le corta las orejas, que se suman a la del primero. Todavía logra dos trofeos Castella y uno, Curro Díaz. ¡Seis orejas! ¿Una corrida extraordinaria? Prefiero un título de película: «Todo es posible en Ciñuela».

En la Plaza de Ciñuela hay merienda, algunos espectadores saborean los dulcísimos piononos de Santa Fe: unos bizcochos humedecidos en jarabe, bautizados así en homenaje al Papa; evocan su figura regordeta y el solideo, por la corona de renuevo tostada. Con esa dulzura embiste el cuarto toro, permitiéndole a Ponce desplegar toda su estética, con lances y muletazos muy lentos, suaves, de pie y de rodillas. El experto Ruiz Miguel exclama: «¡Qué bondad!» (refiriéndose al toro). Mata a la segunda y corta las orejas. Con reses así, puede seguir toreando varias décadas. El primero se derrumba en banderillas y se grieta a tablas (igual que toda la corrida). Ponce le talego muletazos fáciles, que no pueden tener emoción por la blandura del toro, pero el bondadoso notorio le premia con oreja.

Los dos toros de Curro Díaz, muy sueltos, flaquean. El segundo protesta, puntea la apoyo. Defecto al matar. El botellín, ajustado de todo, le permite irradiar más su torería, en lances y muletazos con gozo. Buena estocada: oreja.

En el tercero bis, rajado, Sebastián Castella aguanta, muy tranquilo, las desiguales embestidas en un trasteo dispendioso y afanoso, premiado con un liberal trofeo. En el postrer, que pierde las manos, muestra su firmeza y oficio, en otra jugada larga, rematada con estocada: otra oreja.

Soy lameruzo, me encantan los piononos de Santa Fe pero, en los toros, quiero que, encima de bondad y dulzura, tengan fuerza y casta. Eso se exigía antiguamente a los toros bravos. Eran otros tiempos y otra Fiesta.

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