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José M. de Areilza: Boris el canadiense

José M. de Areilza: Boris el canadiense
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José M. de Areilza

El Brexit podría tener sido una calamidad más en la serie que puede desintegrar la Unión Europea, pero en cambio ha reforzado su dispositivo y capacidad de gala. En la cumbre que terminó ayer, los 27 gobiernos mostraron su apoyo completo a Michel Barnier, el negociador reputado por la Comisión. El francés ha insistido con flema británica que queda muy poco tiempo. Si el Reino Unido no quiere desconectarse del todo de su mercado natural el 1 de enero, se deben pactar tres asuntos de gran envergadura: los derechos de pesca, el mantenimiento de ciertos estándares de protección y niveles de ayudas de estado en la regulación británica y las garantías de cumplimiento de lo sensato.

Boris Johnson prefiere sin confiscación mostrar hasta el final del Brexit su costado nacionalista y populista, que tan buenos réditos electorales le ha poliedro, con gestos teatrales antieuropeos. No acepta en manifiesto que no puede romper la baraja, lo que causaría un descalabro crematístico a su país. La mala papeleo que ha hecho de la pandemia le pasa hechura en las encuestas y la presión de las empresas y la City es cada vez viejo. La diplomacia británica sigue siendo una de las mejores del mundo, aunque tenga las manos atadas y no pueda todavía completar su trabajo en Bruselas.

El primer ministro se escuda en pedir el mismo trato comercial que Canadá, una demanda poco meditada desde un antiguo Estado miembro que fue la segunda hacienda de la UE hasta su salida. En el fondo sabe que no puede permitirse aislarse de un continente en el que el gobierno de Londres ha dejado de mandar, pero con el que necesita resolver una interdependencia económica enorme. Los que mejor le conocen explican que su modus operandi es amenazar con un Brexit duro (que dañaría sobre todo los británicos) para luego retroceder y permitir unas negociaciones discretas y aceleradas sobre bases razonables. Ayer simplemente comunicó a sus huestes que mantiene sus ganas de batalla y de épica. Pero cada vez más ciudadanos le pidan menos espíritu intrigante y más precisión y mesura en sus decisiones.

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