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Ignacio Ruiz-Quintano: Temblores de aire

Ignacio Ruiz-Quintano: Temblores de éter
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Ignacio Ruiz-Quintano

«Quizá no es buena idea que los madrileños se desplacen por España», tuiteó Mónica Oltra, vicepresidenta valenciana, antiguamente del partido con el Este, pero nos quedamos sin memorizar cómo recibieron en Valencia al Madrid, primero porque el partido se jugó en Villarreal, y luego, porque seguimos sin divulgado por «la Coviz».

El charnela de Zidane es proporcionadamente sencillo: Courtois saco como Iríbar y pérdida a percibir Benzema, que ayer hizo un gol de palomero en el descuento dejando un temblor de éter en la voz de Valdano, que para nosotros, los oyentes, es con sus cuentos más o menos verdes (sobre el sudor de Modric, ayer) el Bocaccio de esta peste.

«Temblores de éter». Así tituló el germano Peter Sloterdijk, único filósofo vivo con cierta influencia social, un análisis inspirado en la derribo de las Torres Gemelas de Nueva York que alcahuetería de comprender la genealogía del terror reciente.

Para Sloterdijk, el siglo XX quedó inaugurado el 22 de abril de 1915 con el primer uso masivo de gas clórico como apelación belicoso en manos de un «Regimiento de Gas» germano que, apostado en Yprés, luchaba contra las posiciones de la infantería franco-canadiense. Los hombres de este regimiento habían diseminado, sin ser vistos, mil seiscientas botellas grandes (40 kg.) y 4.130 pequeñas (20 kg.), llenas de gas, que a las 18.00 horas fueron abiertas a la orden del maduro Max Peteron. La cirro llegó a las posiciones francesas a una velocidad de dos a tres metros por segundo y la exposición a ella causó dificultades respiratorias, ganas de toser y zumbidos en los oídos. Mordacq, el militar francés atacado, hubo de defenderse a pie porque los caballos no obedecían órdenes.

–Pocos días a posteriori de los sucesos de Yprés, el emperador Guillermo II recibió en audiencia al director investigador del Software de Gas para la Pelea, el profesor de química Fritz Suceder, para ascenderlo al rango de capitán.

Cien primaveras más tarde, Madrid vive su Yprés por orden de un filósofo catalán sin lectores que ha confinado la caudal en nombre del bicho chino de «la Coviz», un pangolín tan tolerante que alcanza incluso al líder del mundo atrevido, para espacioso y cristiana alegría de sus enemigos, que no se recatan (“Mi albornoz / ¿dónde está mi albornoz, dónde está mi cautela? / Mi extraviado pudor dame, San Cucufato”, cantaba Javier Krahe) en sus “hosannas”.

Así, pues, como distracción única en esta pecera que es Madrid tenemos el fútbol sin lactosa de «la Coviz», un espectáculo de fantoches vestidos de Dalí en su performance del 36 en las New Burlington de Londres con motivo de la Exposición Internacional Surrealista: para simbolizar el inconsciente, se puso un traje de buzo, pero se olvidaron de conectarle el oxígeno y casi se ahoga, para entusiasmo del divulgado asistente, que pensaba que los aspavientos del conferenciante formaban parte del espectáculo.

¿Qué diferencia hay entre el Dalí «embuzado» de las New Burlington y el Simeone «enlutado» del Wanda? ¿No es de Exposición Internacional Surrealista que una delantera con Joao Félix y Luis Suárez no dispare una sola vez a puerta en todo un partido?

Manido desde el sofá, en el Deportivo hoy se mueve más el preparador que los jugadores, quienes, sin confiscación, corren más que nunca, aunque a ninguna parte. Félix y Suárez no tienen en el Deportivo quien les eche un poco de cuero que apropiarse a la bota: sus desmarques en el ámbito son tan absurdos como los de su preparador en la facción, sólo que ellos, con igualada en casa y a error de unos minutos para el final, nunca cambiarían a Joao por Herrera, y Simeone, sí, que hasta Émery se dio el postín de alegrar los minutos del descuento con Kubo, ese «Captain Tsubasa»madridista cedido al Villarreal a quien Isco (su carrera de sacos por una balón al espacio servido por Modric contra el Valladolid es una delicia) está quitando un sitio en el Bernabéu. Para sujetar esto, tendrán que alargarnos este Yprés hasta la Eurocopa.

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