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Ignacio Ruiz-Quintano: De Senectute

Ignacio Ruiz-Quintano: De Senectute
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Ignacio Ruiz-Quintano

Se nos ha ido el gas de la pretemporada en retener a Messi los culés, y los merengones, en renovar a Lucas Vázquez, que hace de tamagotchi de Zidane, el elefante que se balanceaba en la tela de una araña, la formada por Modric-Casemiro-Kroos («un día diré que entrené a Kroos», dice Zidane), un chicle que se estira entre piperos como la Residencia de Estudiantes entre conferenciantes.

–¿Messi al Vivo Madrid? –se pregunta Kroos–. Tendría que tener cojones.

Hombre, lo que tendría que tener es quince primaveras menos, que por eso la mejor nueva del año, y de varios primaveras, para los madridistas es que Messi seguirá en el Barcelona.

–Vamos con destino a un mundo de viejos –le dijo a Foxá un médico vasco en el Monte Ulía–. ¿Sabes cuál era el término medio de la vida en la Roma de Virgilio o Herodes? De treinta a treinta y cinco primaveras.

Los vestuarios del Barcelona, con Messi, y del Madrid, con Modric-Casemiro-Kroos, son dos Romas en miniatura con el «De Senectute» de Cicerón por texto de instrucciones, que tiene a Catón el Añejo a su Messi y a su Modric-Casemiro-Kroos.

A Foxá le advierte su doctor que con los prodigios medicinales no se recuperará la pubescencia, la primavera de la vida, sino que se prolongará el otoño, «que es más delicado, más paladeador y degustador, más irisado de matices y detalles mínimos», como Pepe Bartomeu y Florentino Pérez se encargan de prometer a sus socios: fijaos, les dicen, no en las zancadas, sino en los detalles.

–¿Por qué han pescado ballenas que llevaban en sus cuerpos arpone normandos de la permanencia de Carlomagno, mientras Bécquer o Rafael desaparecieron en plena mocedad? –pregunta, admisiblemente intrigado, Foxá.

En el futuro, que es hoy, Messi y Modric-Casemiro-Kroos llevan en sus pantorrillas marcas atribuibles por lo menos a Migueli, a Benito y a Iselín Santos Ovejero.

–¿Os figuráis en el futuro al pequeño especie de viejos blancos exterminando, con la desintegración de la materia, a las numerosas e hirvientes juventudes de los pueblos de color que los asedian, y que fiaron al bienquerencia y no a las drogas la cielo de su genealogía?

Esa inquietud ha venido a despejarla Ponce este verano con su bienquerencia de añejo, entre añejo moratiniano («El añejo y la pupila») y añejo lopesco («Los melindres de Belisa»), bañándose con cocodrilos hinchables en las vagas y agradecidas aguas de Almería, al tarareo de Jaime Urrutia: «A la ribera del Duero / existe una ciudad…» mientras las vecindonas de San José le dicen lo que las francesas de Bayona decían a Dominguín: «Hijo, Luis Miguel, estás de un valiente que atonta».

–Yo imagino –es la conclusión de Foxá–, en un perpetuo atardecer del mundo, a unos vigorosos ancianos de trescientos primaveras, dialogando con amarga sonrisa socrática, sobre un parque sin niños.

El fútbol de ahora, el de los Messi y los Modric-Casemiro-Kroos, con VAR, cinco cambios, dos pausas de hidratación y sin divulgado, es sostener, sin niños, todo encerrado en una burbuja como la de Maichael Jackson, que es a lo que apunta el nuevo Bernabéu, donde, desde luego, sobraría la pesadez, de modo que Lucas Vázquez pudiera moverse en el espacio como un Alexéi Leónov del espectáculo.

La chavalada del Bayern de Munich escandalizará el año que viene en el Bernabéu y en el Campo Nuevo como la sanidad en un hospital, pero la propaganda nos vende que los futbolistas, como los vinos, cuanto más viejos, mucho mejores, y así nos adentramos en otra Confederación del añejo Messi contra el chicle Modric-Casemiro-Kroos. Estamos como cuando Bonafoux.

–Pero usted, don Mengánez, ¿no era monárquico y de Cánovas? ¿No estaba usted empleado en la delegación?…

–¡Hombre! Eso «no le hace». La vida es una transacción. Sus exigencias son indeclinables. Yo he sido siempre republicano, y de los intransigentes. Don Antonio lo sabe. Pero como no podía prescindir de mis servicios, según me dijo cuando me llamó para suplicarme que aceptase el cargo, ¿qué quería usted que hiciera yo?

Bienvenidos a un mundo de viejos tan viejos (¡y tan españoles!) como don Mengánez.

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