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Estados Unidos afronta una batería de batallas legales tras el voto

Estados Unidos afronta una fila de batallas legales tras el voto
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Javier AnsorenaJavier Ansorena

Este verano, el estado de Nueva York celebró sus primarias el 23 de junio. La selección más ajustada, entre dos candidatos a la Cámara de Representantes, no se decidió hasta principios de agosto y el perdedor no concedió la trofeo a su oponente hasta finales de ese mes. La razón del retraso: la calma en el recuento del voto por correo, disparado por la pandemia.

El fiasco será insignificante comparado con lo que podría ocurrir este otoño. Aquella selección era entre dos candidatos demócratas, en un estado dominado por ese partido. A partir del 3 de noviembre, estará en pasatiempo la presidencia de EE.UU. y las mayorías en el Congreso, con decenas de millones de votos en pasatiempo, en un momento de máxima polarización política, con sistemas electorales diferentes en cada estado y con un presidente que amenaza con no aceptar los resultados.

«La única forma de que perdamos las elecciones es por apaño», ha defendido Donald Trump en más de una ocasión. «Es la única forma, y no podemos dejar que ocurra». El presidente de EE.UU. ha liderado una cruzada contra el voto por correo, que muchos estados han expandido para permitir a sus ciudadanos sufragar con seguridad. Sostiene que supondrá un fraude generalizado, a pesar de que no hay evidencias claras. Él mismo ha votado por correo desde que trasladó su residencia a Florida. Hay estados que lo hacen de forma universal por correo desde hace primaveras, incluido alguno de clara tendencia republicana, como Utah.

Todo apunta a que la situación en Nueva York se repita a escalera doméstico: recuentos interminables y batallas legales cruentas para determinar el campeón en cada estado.

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Con millones de votos depositados por correo, es muy difícil que se pueda apuntar a un campeón en la confusión electoral. Pero es posible que si cierto parte esa confusión con superioridad, con el recuento de los votos en las urnas, sea Trump. Según las encuestas, los demócratas se inclinan mucho más por sufragar por correo que los republicanos. El atmósfera más probable es el de un «blue shift» o «cambio cerúleo», en narración al color del partido demócrata, mucho más cachas que en pasadas elecciones, como explicaba hace unos días el periodista Jeffrey Toobin en la revista New Yorker.

Según el pronóstico de la consultora Hawkfish, Trump aparecerá la confusión electoral como campeón, pero Biden dará la envés cuatro días luego, cuando se contabilicen más votos por correo, y su trofeo será convincente con el recuento de todos los votos, que tardará días o semanas. «Si el recuento cambia, Trump podría demandar que se certifiquen los números de la confusión electoral, porque no confía en el voto por correo», aseguró en aquel artículo Edward Foley, profesor de Derecho de la Ohio State University.

Todo acabará, con seguridad, en una fenomenal batalla legal que dejará pequeña la de las elecciones de 2000, en la que George W. Bush ganó la presidencia por un puñado de votos frente a Al Gore, con intervención del Tribunal Supremo. El parada tribunal podría tener que intervenir todavía en esta ocasión, con la capa de incertidumbre añadida de que está en plena y polémica renovación en el Senado.

Hasta el 8 de diciembre

El plazo para que los estados concluyan su recuento acaba el 8 de diciembre. Si no son capaces de fallar un campeón, se abre una maraña constitucional en la que se mezclan las asambleas legislativas de los estados, el poder judical y el Congreso de EE.UU. Todo en un año de tensión por la pandemia y protestas violentas que podrían tener una interpretación dramática y ampliada si las elecciones no dan un campeón claro. Y lo único probable es que no lo haya la confusión del 3 al 4 de noviembre.

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