Finanzas

España, en la fusión, y Europa, en la confusión

España, en la fusión, y Europa, en la confusión
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No es honor ningún que a uno le haga bueno el malo que le sucedió, porque eso no significa ser deseado, sino que el otro es aborrecido. El coreografía de fusiones que tenemos encima no es fruto de un diseño medido, de un plan pensado para ordenar las cosas, sino el fruto del desbarajuste normal en que nos encontramos, por hecho de unos y por omisión de casi todos. Hacía tiempo que habían saltado las alarmas en el BCE sobre la situación de la banca española, los números que llegaban a los despachos de Fráncfort casi que helaban la parentesco a quienes se detenían a mirarlos -¿les sorprede?- mientras por aquí nos dedicábamos a repetir que habíamos derrotado al virus y que salíamos más fuertes.

La fusión de Caixabank y Bankia llega por aprieto, en un negocio en el que importa mucho más la discreción que la ocurrencia. Y no es un problema ni de una ni de otra entidad, donde Isidro Fainé ha hecho lo que sabe hacer, y José Ignacio Goirigolzarri ha hecho lo único que podía hacer: dirigir la ayuda que le llovió del firmamento notorio casi con criterios de banca retail, que no se dijera que no tenía aseado el mostrador y que las prácticas de Rodrigo Rato y compañía no se habían erradicado para siempre.

Fainé ha tirado de oficio, entendido de que más vale ser engañado en el precio que en la mercancía. Y se ha precoz a todos con una máxima: no competir con quien no tiene mínimo que perder. Y es que al otro costado estaban desesperados. La fusión es una vencimiento. Porque engulliría a Bankia a un precio, hoy, ridículamente bajo; porque se quita de encima a los compañeros de alucinación incómodos con la presidencia entregada a «Goiri»; porque contenta por igual a los Gobiernos de Madrid y Cataluña; porque satisface a los jerifaltes del PNV; porque se adelanta al Santander y al BBVA; y, sobre todo, porque viste de reflejos lo que más parece un estertor.

Pues… que nadie se confunda: esto no tiene mínimo que ver con el Covid-19. Bueno, un poco además. Pero es más fruto de la error de planificación de un sector dejado a su suerte con el argumento de las entidades sistémicas, demasiado grandes para dejarlas caer.

El secreto para obtener las cosas es despreciarlas. Y así, como sin quererlo se ha fraguado un nupcias de conveniencia entre Barcelona y Madrid -con sede en, y saliendo ganadora, Valencia-, al que ahora seguirán, además por imperiosa aprieto, otros. Ahí están Josep Oliu y su Sabadell, preguntando qué hay de lo mío, posterior plato de una relación donde tres podrían ya no ser multitud. Y el Santander que, escapatoria la opción Bankia -aunque ellos dicen que están aceptablemente tal y como están ahora- podría relamerse («coge el hacienda, europeo, y corre») solo de pensar tragarse al BBVA de un Carlos Torres que, por la vía de los hechos, vería resuelto su problema, que los aprietos son oportunidades para rescatar la reputación. Una posibilidad a lo Mesa Popular pero a lo ancho. Y aquí paz y luego… ya se verá. Porque los tambores de fusión dejan detrás el ruido de varias decenas de miles de parados en porción de un páramo gremial. Si determinado pregunta, ya se sabe: se le dirige al señor Covid, 19 para más señas. El virus es la capa que todo lo tapa. En España y en Europa. Es un pretexto increíble a la miopía normal, un bálsamo de Fierabrás para la incompetencia general.

Europa no ha entendido que uno no puede ser tan bueno que permita a otro ser malo. Así nos va. Mientras las grandes compañías, con la banca y las telecos a la capital, se estrangulan atrapadas en el nudo corredizo de la regulación extrema, los gigantes americanos se nos hacen cada vez más grandes y peligrosos. Y al final hay que improvisar un molinete de gallardete, fusión o fisión fría, para rescatar los muebles.

Esta misma semana hemos conocido cómo lo más florido de nuestro tejido empresarial abandonaba los hasta ahora selectivos índices bursátiles europeos, diezmados por el distanciamiento de Bruselas, donde mínimo parece ir con ellos. Adyen, Vonovia, Prosus… Que no, no son los nombres de ansiolíticos para sobrellevar al Gobierno de coalición. Son los nombres de las empresas que han sustituido a los titanes españoles en los parqués de Europa. Y el porqué unos perfectos desconocidos, meritorios pero desconocidos, han cogido esas dimensiones es el desiderátum normativo de la propia Europa. Las normas asfixian a los nuestros y los van reduciendo a la nimiedad, mientras compañías como Apple, Amazon, Facebook -éstas sí que nos suenan a todos- campan a sus anchas, desreguladas y para las que todo el monte es orégano. Mientras los emblemas patrios se diluyen en fusiones y gorgoritos corporativos, los verdaderos poderes corporativos se hacen insoportablemente grandes con la superioridad de que nadie parece fijarse. Apple y Amazon baten estos días sus récords de capitalización. Por poco será. Y ahí están, emboscados, los nuevos e inminentes bancos y telecos, con logos memorables y nombres impronunciables. Por cierto, ¿estaremos en puertas de otra fusión en España? ¿Qué tal la de MásMóvil y Vodafone? Parece que hacen buenas migas. Sobre todo con el primero ya fuera del Ibex. Hagan apuestas. Yo ya tengo las mías.
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