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¿Es la COVID-19 una enfermedad estacional?

¿Es la COVID-19 una enfermedad estacional?
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David Pino

Durante los primeros meses de la pandemia de COVID-19, una de las esperanzas de la sociedad y las administraciones era que la transmisión del virus SARS-CoV-2 tuviera carácter estacional, como ocurre en el caso de la catarro estacional. Esto haría que la incidencia del virus fuera beocio en verano adecuado a las altas temperaturas.

Multitud de estudios científicos han analizado la relación entre las condiciones ambientales (principalmente temperatura y humedad relativa) y el número de casos o la mortalidad de la COVID-19 en diferentes países o regiones, antaño de que hubiera ningún tipo de restricción a la movilidad o confinamiento.

En genérico, los trabajos, en muchos casos publicados sin revisión por pares, sugieren que el número de contagios era maduro si el ámbito era frío y seco (temperatura y humedad relativa bajas). Esta relación parecía existir a nivel integral, en las diferentes comunidades autónomas o en Barcelona, por ejemplo.

Lamentablemente, muchos de estos estudios presentaban algunos errores metodológicos:

A nivel estadístico, no consideraban otras variables que además pudieran tener influencia en la transmisión.

No tenían en cuenta el desfase temporal que había en los primeros meses de la pandemia entre el día del contagio y el día de la notificación oficial del caso posteriormente de realizar la prueba PCR (entre 5 y 10 días en función del país).

Olvidaban que la temperatura y la humedad relativa no son variables independientes y, en genérico, confundían correlación con causalidad.

Si se analiza la posible relación entre temperatura/humedad (representada por la temperatura de punto de rocío) e incidencia considerando provincias (o entidad administrativa similar) en España, Italia, Suecia y Alemania durante las semanas previas a las restricciones de movilidad, y se tiene en cuenta el retraso entre el contagio y la comunicación oficial del resultado positivo de la PCR, se observa que, si hay relación, ésta no es nadie evidente (ver gráfica).

Por otra parte, la influencia de los factores ambientales en la transmisión es beocio que el sorpresa de las restricciones de movilidad o la disminución de las relaciones sociales.

Incidencia IA14 (casos/100 000 habs. en los últimos 14 días) y IA14 normalizada por la superficie de la provincia de cada país 10 días posteriormente del aparición de la avenida. En cada caso, en función de la temperatura y temperatura de punto de rocío media de la provincia entre el 14 de febrero y el 15 de marzo de 2020. El asterisco garzo es Lombardía (IT) que está claramente fuera de la curva de ajuste para Italia si se tiene en cuenta su superficie. The Role of Temperature and Humidity in the Early Evolution of SARS CoV-2/UPC

Los contagios no han disminuido durante el verano en el hemisferio meta. Esto ha ocurrido especialmente en aquellas regiones con poca o nula promoción de las medidas higiénicas de contención del virus, como los estados del sur de EE. UU. Por otra parte, ha habido y hay incidencias muy elevadas de la enfermedad en regiones tropicales. En el caso de España, la segunda ola se ha producido en pleno verano.

Entonces, ¿cuál es la influencia de la temperatura, la humedad y la radiación solar en la transmisión del SARS-CoV-2?

Para objetar a esta pregunta, hay que tener en cuenta que las condiciones ambientales influyen en la transmisión de la enfermedad, y de muchas otras, según tres aspectos diferentes.

Factores sociológicos

Las condiciones ambientales modifican nuestros hábitos de vida. En verano solemos acaecer menos tiempo en interiores. Esto debería acontecer ayudado a disminuir la transmisión, pues se ha demostrado que el aventura de contagio de la COVID-19 puede ser hasta vigésimo veces maduro en interiores.

Esto puede deberse a que la transmisión se produce, no solo mediante gotas balísticas que caen rápidamente al suelo, sino además a través de partículas líquidas más pequeñas llamadas aerosoles que exhalamos al respirar, conversar, toser o cantar y que pueden contener virus activos.

Los aerosoles pueden permanecer suspendidos en el donaire durante varios minutos en función de su tamaño y de las condiciones ambientales (los movimientos de donaire que haya). Esto implica que la COVID-19 puede transmitirse además a distancias mayores de 2 m, especialmente en interiores mal ventilados con mucha muchedumbre sin mascarilla, si se deje suspensión, se canta o se respira con intensidad.

Factores microbiológicos

Las condiciones ambientales además influyen en el tiempo que el virus se mantiene activo en el donaire o sobre una superficie, aunque esta última vía de contagio (a través de fómites) parece que es menos importante de lo que se creía.

En un ámbito hospitalario se ha antagónico SARS-CoV-2 en el donaire hasta 4 m de distancia del paciente y sobre diversas superficies, donde puede permanecer activo entre unas horas y más de un día, dependiendo de la superficie. Sin incautación, otro estudio detectó el virus en el donaire y sobre diversas superficies de las habitaciones de planta, pero no en las tres habitaciones de UCI analizadas.

Es importante señalar que, para que se produzca infección, no pespunte con que el virus esté presente en el donaire o sobre una superficie; además tiene que estar activo. Luego de un tiempo, que depende de la superficie, el virus queda inactivo, es asegurar, no causa la enfermedad.

De forma similar, una persona, a pesar de tener aun una PCR + (se detecta virus o fragmentos de virus en una muestra), si no tiene síntomas, puede salir del aislamiento posteriormente de 10-14 días del aparición de los síntomas o del resultado de la prueba porque no puede transmitir la COVID-19.

Se ha demostrado que la radiación ultravioleta del sol inactiva el virus posteriormente de unos pocos minutos. En función de la intensidad solar, a 21 ℃ y 40 % de humedad relativa, el virus en el donaire puede acaecer de estar activo 1 hora a 2 minutos.

Adecuado a los anteriores factores, los parques durante el día son entornos con un aventura de transmisión bajo. Cerrarlos, una medida sin respaldo investigador hasta ahora, puede ser incluso contraproducente: las interacciones sociales entre niños serán entonces en interiores, donde no hay radiación solar y la ventilación es beocio.

Por otra parte, la radiación ultravioleta (UV) C –no presente en la luz solar que llega a la superficie terreno– además inactiva el SARS-CoV-2. Por eso se ha propuesto como método para ceñir la concentración del virus en interiores con mucha muchedumbre y sin ventilación efectiva. No obstante, es necesario comprobar que este tipo de radiación no produce lesiones cutáneas.

La temperatura y la humedad relativa además influyen en el tiempo de inactivación de los virus que se transmiten por vía aérea.

En el caso del SARS-CoV-2 tenemos estimaciones del tiempo de vida tanto sobre superficies interiores como en el donaire, aunque su sorpresa es beocio que el de la radiación solar.

En genérico, la vida media del virus es maduro en ambientes fríos, especialmente cuando la humedad relativa es muerto. Esto, cercano a una mala ventilación, probablemente explique algunos brotes registrados en industrias de procesado de alimentos, principalmente cárnicas.

El engendro además podría explicar por qué la incidencia ha aumentado en regiones, como el sur de los EE. UU., con altas temperaturas, donde el donaire acondicionado (que además disminuye la humedad relativa) es habitual y la vida se hace mayoritariamente en el interior. En este sentido, se recomienda surtir la humedad relativa en títulos altos, pero siempre adentro de los rangos de confort.

En cualquier caso, si no se respeta la distancia en interiores, el sorpresa de la temperatura o la humedad sobre la vida media del virus y, por lo tanto, sobre la transmisión de la COVID-19, es escaso.

Factores fisiológicos

Finalmente, aunque no hay prácticamente estudios específicos sobre COVID-19, se ha comprobado que la temperatura, la humedad y la radiación solar modifican nuestra susceptibilidad a contagiarnos de una enfermedad infecciosa respiratoria.

Estas variables cambian nuestra capacidad para impedir que los virus entren en las vías respiratorias o mejoran nuestro sistema inmunitario. Esto es un multiplicador fundamental para explicar la estacionalidad de algunas infecciones respiratorias debidas a virus, como la catarro.

La radiación solar, a través de la UVB, favorece la reproducción de vitamina D en la piel. La vitamina D alivio la respuesta inmune y ayuda a ceñir el aventura de contagiarse o sucumbir por una enfermedad infecciosa.

Por su parte, respirar donaire a bajas temperaturas disminuiría la temperatura del epitelio nasal, reduciendo la efectividad de las defensas respiratorias locales. Esto haría que las fosas nasales pierdan en parte la capacidad de impedir que las partículas que transportan el virus entren en las vías respiratorias.

¿Qué pasará durante los próximos meses?

En compendio, el sorpresa de la radiación, la temperatura y la humedad en el SARS-CoV-2, y en nuestro cuerpo, así como el cambio de hábitos cuando llega el frío, pueden simplificar la transmisión del virus en otoño e invierno. Esto podría explicar en parte el aumento de casos actualmente en Europa, y lo que ocurre con muchas otras enfermedades infecciosas respiratorias (incluida la pandemia por catarro de 1918). Por eso algunos científicos pronosticaron la segunda ola de la COVID-19 para el otoño en el hemisferio meta.

Sin incautación, hay muchos otros factores, como por ejemplo las medidas de prevención, la realización de pruebas PCR y el estudio de contactos posterior y, sobre todo, la desatiendo de inmunidad de la población, que muy probablemente afecten más a la transmisión de la COVID-19, como lamentablemente hemos podido comprobar en España este verano.

El autor agradece al Dr. P. J. Cardona (IGTP, @pjcardona) su inestimable ayuda para comprender cómo la temperatura y la humedad influyen en las condiciones de las vías respiratorias superiores.

Artículo publicado originalmente en THE CONVERSATION

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