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El último brindis del torero de General Mola

El postrero convite del torero de Universal Mola
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Efe

La crimen de Antonio Bienvenida, el torero de la sonrisa eterna, forma parte del imaginario popular y sentimental de toda una concepción que aún recuerda la honda conmoción que supuso la trágica desaparición del torero el día del Rosario de 1975, hace ya cuarenta y cinco abriles, posteriormente de ser cogido tres días antaño por una becerra de tentadero en la finca de Amelia Pérez Tabernero en El Escorial.

Cuando llegó su hora, Antonio Mejías Jiménez -Bienvenida en los carteles- llevaba un año adaptado retirado de la profesión. Su hermano Donaire Luis había recibido el convite del postrero toro que había matado de luces el 5 de octubre de 1974 en la antigua plaza de Clarividencia Alegre de Carabanchel posteriormente de convivir con Curro Romero y Rafael de Paula.

El adiós al vestido de torear no implicó el alejamiento del toro. En ese tiempo, Bienvenida no había interrumpido sus viajes al campo y seguía ciñéndose el traje corto para participar en todos los festivales benéficos en los que era requerido. El postrero de ellos -no podía saberlo entonces- iba a celebrarse en la aldea charra de Tamames de la Sierra, el día 30 de septiembre de 1975.

Pocos días posteriormente, el 4 de octubre, se cumplía el aniversario de la crimen de su padre, el mítico Papa Irritado, y Antonio había acudido con parte de la comunidad a la culto organizada por la hermandad de San Roque de la aldea madrileña de Colmenar de Oreja, a la que le unían estrechos vínculos desde que los hermanos Bienvenida, con su progenitor al frente, aceptaron torear unos festivales para sufragar la reconstrucción de la ermita del santo, arrasada en la Pelea Civil.

A mediodía se iba a organizar una excursión campera en la que figuraban el propio Antonio; su hermano Angel Luis; sus respectivas familias; los Graña, unos íntimos del Perú que querían ver en influencia al corrido perito, y todavía el tierno Miguel Mejías, el postrero de los Bienvenida que se vestiría de luces a mediados de los ochenta sin alcanzar a tomar la alternativa.

El destino de aquella comitiva eran los campos de El Escorial. Se habían encerrado unas becerras en la finca Puerta Verde, de la ganadera Amelia Pérez Tabernero y las faenas camperas transcurrían con relajada normalidad. Antonio Bienvenida había toreado con su acostumbrado educación combatiente a una fondo, de nombre ‘Conocida’, de excelente reata.

Miguel y Álvaro, otro sobrino del perito, participaban en la becerrada apurando los últimos muletazos del animal que fue sacado de la plaza por la puerta del campo de la forma habitual. En las corraletas de la placita serrana aguardaba otra fondo que sirvió para que Antonio aleccionara a su sobrino Miguel antaño de dejarla marchar.

La puerta que daba al campo la manejaba su hermano Donaire Luis que no pudo advertir que la mencionado becerra, ‘Conocida’, había quedado agazapada pegado a los muros de la plaza. Sorpresivamente, sin que nadie lo esperara, el animal irrumpió en el ruedo. El veteranísimo torero había quedado de espaldas y no pudo esquivar la violenta embestida de la vaquilla que le volteó aparatosamente haciéndole caer de mala forma.

Bienvenida había girado sobre las vértebras cervicales para decidir inerte sobre el pequeño ruedo campero. Posiblemente nadie pensaba en un percance horrible. Trasladado a la casa de la finca, sintió frío en el indiferente otoño serrano mientras se le abrigaba con capotes de lidia y se esperaba una ambulancia dilatando la prórroga.

Antonio Bienvenida fue ingresado en el hospital madrileño de La Paz. Las primeras esperanzas de recuperación se pulverizaron por completo al día venidero. El torero había quedado sumido en un coma profundo que sólo se resolvería con su fallecimiento al atardecer del día 7 de octubre, hoy hace adaptado 45 abriles.

Fue velado en el domicilio descendiente de Universal Mola –hoy Príncipe de Vergara- bajo la imagen del Gran Poder a la que rezaba su origen, Carmen Jiménez, en las muchas tardes de toros de la comunidad Bienvenida. Es la misma imagen que se había encargado a raíz de la marcha de la comunidad desde Sevilla a Madrid a raíz de la trágica crimen de Rafael en el céntrico domicilio de Ignacio Sánchez Mejías, asesinado por el administrador descendiente.

Esa escultura, realizada por el imaginero Rafael Lafarque, pasaría con el tiempo a la capilla de toreros de la plaza de Las Ventas de Madrid y volvió brevemente a Sevilla el pasado mes de febrero para ser expuesta por la Hermandad del Gran Poder en la muestra retrospectiva organizada para conmemorar el IV centenario de la imagen labrada por Juan de Mesa en 1620.

Antonio Bienvenida fue enterrado en olor de multitudes, con el féretro abrigado con un capote de seda granate y bordados en oro. Aquella España convulsa de 1975, como nueve abriles posteriormente en la tragedia de Paquirri en Pozoblanco, se estremeció de hacia lo alto a debajo.

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