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El huracán Marta y la bombera pirómana arrasan «La isla de las tentaciones»

El huracán Marta y la bombera pirómana arrasan «La isla de las tentaciones»
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Su nombre es Marta, tiene 29 primaveras, trabaja como administrativa y es la novia de Lester. O al menos lo era al conseguir a «La isla de las tentaciones 2». Porque tal y como ha empezado la cosa, el asunto pinta muy mal.

Marta, que es todo un huracán sentimental, fue, de liberal, la gran protagonista del primer episodio. La muchacha sabe el ámbito que pisa, y no nos referimos a que como canaria esté acostumbrada a la arena de la isla. No, nos referimos a que no es novata en la telerrealidad, pues participó en un «Gran Hermano»: por consiguiente sabe muy acertadamente qué hay que hacer para «chupar» minutos y primeros planos.

Merienda primaveras juntos

Ella y Lester llevan merienda primaveras juntos, con sus altos y bajos, con algún período en barbecho en medio, y no es de expulsar que así sea, pues se ve que les gusta residir en una montaña rusa emocional. Marta está dotada del don de la palabra, y soltó unas cuentas frases para el remembranza. ¿Fortuna no es el que sigue un certero recopilación de una relación tormentosa?: «Nos queremos mucho, pero nos queremos mal». Palabra de Marta, de la que por ahora desconocemos el patronímico, pero no descartamos que sea Coelho. Otra frase de ella sustancia otro drama muy popular, el de esa medio de la pareja que se ve obligada a cambiar para contentar a la otra medio, y cambia tantísimo que ya no se reconoce: «Me he enamorado tanto de él que me he desenamorado de mí».

Elisa, santanderina de 19 años, la bombera pirómana
Elisa, santanderina de 19 primaveras, la bombera pirómana – Telecinco

No es Marta de las que se conforma teniendo disputa con uno. La que es zamarra, lo es con todo, y, sobre todo, con todas. Y si estas todas son tentaciones, pues mucho más. Por ejemplo, entre las aspirantes a alterar el pulso de los cinco muchachos emparejados está Elisa, una santanderina de 19 que oposita a bombera. El fuego, ciertamente, camina con ella, o al menos así lo sintió Lester desde un primer momento. El caso es que Marta, nuestra Marta, la vio venir, pisando musculoso la pasarela, y la catalogó como «chiguagua», en plan insulto, pues es como ella se refiere a este tipo de mujeres digamos lanzadas y presumidas. Pese a sus 19, Elisa no se arredró, y una y otra se desafiaron primero de examen y luego de palabra. A posteriori, cuando a las solteras se les pidió que eligiesen al muchacho que más tilín les había hecho, la ni siquiera veinteañera se fue directa a por Lester. Como diría Raphael, ¡provocación! No hacía equivocación ser Rappel para retener que el asunto no iba a proyectar así. Y, como veremos, no quedó así.

A Marta no le bastó con este pique, y se buscó otro. Inmediatamente y porque sí. Resulta que Fátima, otra de las solteras, compareció en la pasarela en la que lucieron tipito las aspirantes y declaró solemne: «El aprecio es una competición y yo he venido aquí a ingresar». Acto seguido, se giró y los taconazos la traicionaron: total, que lo primero que se come en la isla a punto estuvo de ser el suelo. A la aún novia de Lester se le escapó una risa y un comentario solapado («vaya hostia te vas a ingresar»). La tal Fátima lo escuchó: «¿Qué has dicho?». «Nulo, mi aprecio, camina», respondió Marta. «Baby, estos zapatos valen más que tu arrendamiento así que cállate», zanjó la ofendida verde, que aunque española vive en tierras de Shakespeare. Esta muchacha ya buscó la éxito –ella dirá que el aprecio– en la lectura crucerística de «First Dates».

Baby, estos zapatos valen más que tú arrendamiento, así que cállate
Fátima , Tentación de la isla

A posteriori, los chicos se fueron con las solteras a Villa Montaña. Y las chicas a Villa Playa con los solteros. Y ahí hubo tomate e intercambio de impresiones, que posteriormente contaremos.

Pero pasemos ya a la caminata ulterior, a la luz del día, en la playa. Ahí se volvieron a ver las caras todos juntos, las cinco parejas y las 18 tentaciones. A Lester se le ocurrió proponer que había tenido la ocasión de charlar con las dos muchachas que habían tenido sus más y sus menos con su moza y que, bueno, que había sido un malentendido porque eran dos señoritas majas y correctas. En mala hora soltó tales elogios. «¿Tú te crees que eso es un novio?», se preguntó voz en lamento Marta. «Impostor, que eres un imitado», clamó, indignada con la doble traición, en dirección a Lester. Y se dio media envés y se fue. Como aquello no es un plató, cuando cierto se va, queda muy expuesto. Y por eso todos pudieron seguir la discusión de Lester y su novia bajo las palmeras.

En honor a la verdad, hemos de proponer que en este punto al argumentista de Marta se le fue un poco la mano. La muchacha empezó a caer en una sobreactuación poco plausible. Nos recordó a esas actrices guapas que se ponen feas para ver si así les dan un Oscar. La tal Marta no rebusca el Oscar. Búsqueda, como veremos, el premio Edu, pero eso aún no lo sabe «su» Lester. Un novio que la intentaba tranquilizar haciendo salvoconducto la diferencia de permanencia entre él y la bombera pirómana. «Es una pupila, le llevo diez primaveras. No es tentación para mí, es una pupila», insistía, y en este punto resultó irremediable acordarse de Enrique Ponce, que a lo peor estaba viendo este software obligado por su novia millennial.

Tras el drama, les tocó nominar a ellas un soltero para su primera cita. «Me ha hecho el desayuno y todo, así que voy a coger a Edu», anunció muy seria huracán Marta. A posteriori se echó a plañir, muy en su papel de indignada. Lester lo encajó con preocupación, y más que tendría si llega a retener lo ocurrido en la intimidad la indeterminación precursor, cuando ella y Edu tontearon en una habitación y su novia –siempre ella– pronunció una de las frases de la indeterminación: «La manguera de un bombero pesa». Porque Edu, ya es casualidad, es bombero.

A posteriori le tocó a Lester nominar. Y echó más chasca al fuego. Eligió, claro, a la solicitante a bombera. Explicó que era una especie de oposición de confianza. No coló, no.

A su aún novia, la dilema le sentó tan mal como la explosivo atómica francesa al atolón de Mururoa.

Marta: Si sabes que me iba proyectar jodida, ¿por qué hace esto? Si tiene un repertorio súper guay de chicas, ¿por qué elige a esta que me ha insultado? ¿Qué hago? ¿Corro por la playa y me voy a Canarias nadando? Tengo ganas de darte donde más te duele, pero yo soy una buena mujer y no voy a hacerlo.

Lester: Estate tranquila.

Pero no se estuvo tranquila. Cuando llegó la hora de la despedida, se reunieron en la playa y solo el lugar fue idílico.

Marta: ¡Se acabó! Lester, ¡vete! Que te vayas.

Lester: Confía en mí. No hay ninguna ahí que te supere.

Y de repente, el argumentista, otro pirómano, mandó a la estudiante de bombera a que avisase a Lester de que era hora de irse a Villa Montaña, ese paraje de vicio y perversión:

Marta: ¿Te importa ponerte a un costado?

Elisa: Yo con las barriobajeras no hablo.

Y Marta se fue corriendo y llorado, y Lester lloró además, clavado en la arena como un torero que acaba de aceptar una cornada. Mientras, la solicitante a bombera intentaba apagar las lágrimas del muchacho. De momento, solo con palabras.

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