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El hallazgo de la voz propia

El hallazgo de la voz propia
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Oti Rodríguez Marchante

Desde que Víctor Erice la capturó, aquella inspección inmaduro de Ana Torrent es el Santo Eucaristía que sondeo el cine con insistencia, y en su primer largometraje la directora Pilar Palomero va y lo encuentra en los fanales cargados de hoyuelos de la pupila Andrea Fandós, que nos cuentan la historia de esta película ganadora del flamante Festival de Málaga. La directora nació en 1980, lo cual quiere sostener que coincide en antigüedad y época con «Las niñas» de su relato, preadolescentes en los primeros primaveras noventa, y que lo ha construido con ese material tan inflamable del asimilar de lo que se deje.

Ayer de otras cosas, conviene sostener que «Las niñas» tiene uno de los finales más hermosos, expresivos, conmovedores y musicales de los últimos primaveras, en el que se advierte con emoción y estupor el sonido de la voz propia cuando tímidamente le va ganando contorno al disimulo y al silencio. En esa antigüedad de reservas y cautelas, el arpegio de la voz como primera piedra del edificio personal. Hasta ahí, la historia es un cuadernillo de dibujo empachado de bocetos, aires, ligerezas, precipicios y aventuras interiores de la pupila Celia yuxtapuesto a algunas compañeras de su colegio de monjas y yuxtapuesto a su origen, a la que no se le oye cantar.

Pilar Palomero cuenta toda esa trama visible e invisible con una inspección aledaña, profuso en planos cortos y irresoluto del sentido del tacto. Describe perfectamente, con regusto y sin vinagre en la inspección modelos de educación y de comportamiento que cualquier teoría reinante considerará «superados», pero que recrea la bloque y el interiorismo de aquella época cercana y comprensible para la mayoría. Tiene la película, y hay que avisarlo, un ritmo narrativo fatigado y se toma tiempo para ir colocando las piezas de su puzzle emocional sobre lo mujeril, lo preadolescente y lo sabido. Es sostener, solicita paciencia y esponjosidad, puesto que las tramas diminutas pero profundas ni bailotean ni parlotean en la pantalla.

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