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El debate más venenoso de la historia deja todo como estaba

El debate más venenoso de la historia deja todo como estaba
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David Alandete

En el minuto 50, cuando Joe Biden llamó «payaso» a Donald Trump luego de una de las 128 interrupciones del presidente, quedó ya claro que el primer debate electoral de la campaña de 2020 iba a convenir en los efemérides de la historia como el más disonante, el más zafio, el menos digno y, como demostraron los resultados de audiencia y las encuestas de opinión posteriores, el más inconsecuente de cuantos se han emitido de forma ininterrumpida desde 1976.

La prueba definitiva de que este debate sólo sirvió para demostrar lo bajo que ha caído la política estadounidense contemporánea es que en cuanto acabó, las dos grandes cadenas informativas de EE.UU. emitieron sendas encuestas realizadas entre su audiencia. Para la conservadora Fox News se impuso Trump por un 60%, y para la CNN, más a la izquierda, ganó Biden por exactamente el mismo porcentaje. De todos modos, da lo mismo. Estos debates hace largos primaveras que no tienen impacto alguno sobre el electorado.

El consenso de los expertos en sondeos en 2016 fue que Hillary Clinton ganó de calle los tres debates, y aun así perdió la presidencia. De hecho hay que remontarse a Ronald Reagan para advertir un presidente al que su interpretación en un cara a cara sí le permitió ingresar votos. En el segundo de los que tuvo con Jimmy Carter en 1980 le repetía a este la muletilla «ya está otra vez» en presencia de cada ataque, una frase que se convirtió en un eslogan particular de su exitosa campaña.

En en el segundo debate con Walter Mondale en 1984, Reagan hasta bromeó sobre su propia perduración (73 primaveras): «No voy a hacer de la perduración un tema de campaña, porque no quiero explotar, por motivos políticos, la pubescencia e inexperiencia de mi candidato». Su oponente hasta se rió, en presencia de la proverbial campechanía de aquel presidente. En el primer debate de este año entre Trump y Biden, de 74 y 77 primaveras respectivamente, las únicas risas eran maliciosas, de camelo, falcadas entre invectivas como radical, racista, estúpido o mentiroso.

La audiencia tomó nota. Era inútil entender nulo, más allá de que Trump y Biden parecen detestarse. A todas luces, el disonante cara a cara fue un fracaso de audiencia. Si en 2016 vieron en las cuatro grandes cadenas generalistas el primer debate entre el flagrante presidente y Clinton más de 45 millones de personas, el martes por la oscuridad se conectaron menos de 29 millones, según las mediciones hechas públicas ayer. Cierto es que hoy es mucho decano la audiencia por internet y redes sociales, que no entra en esos cómputos.

Los momentos estelares de debate, troceados en breves vídeos, sí fueron tendencia ayer en todas las redes sociales y ciertamente dejan en mal motivo a uno y otro candidatos. Sobre todo, el instante en que Trump dio una respuesta confusa e incoherente cuando le pidió el moderador que repudiara claramente a las milicias racistas. Su contestación, «den un paso antes, y queden atentos», fue reproducida ayer hasta la saciedad en las webs informativas, los programas de radiodifusión matutinos y las cadenas televisivas. El minuto de oro de Biden fue cuando hizo uso del manido «¿por qué no te callas?», tan célebre en España y Venezuela, antaño de tachar «payaso» al presidente, otro momento para el olvido.

El resultado es que nulo cambió. A día de ayer la media de encuestas seguía donde estaba el lunes, con Biden por delante en intención de voto genérico, y Trump más de seis puntos por debajo. Siquiera son esas cifras indicativas de nulo, porque en 2016 Trump ya ganó la presidencia a pesar de tener las encuestas —y los debates— en contra.

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