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El burdel de los nazis

El casa de putas de los nazis
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Rosalía Sánchez

Pocas direcciones de Berlín han sido objeto de tantas leyendas como el tercer calle del número 11 de la calle Giesebrecht. Allí fue inaugurado a principios de 1930 el casa de putas de Katherina Schmidt, el Salón Kitty, un establecimiento en el que se empleaban prostitutas llegadas desde Polonia y Checoslovaquia, en los restos del extinguido Imperio Austrohúngaro. Los nazis no entrarían en el parlamento hasta septiembre de ese año, y en la renta alemana se vivían todavía los rescoldos de los locos primaveras 20, de guisa que un casa de putas era una oportunidad de negocio próspero y socorrido para una mujer como Schmidt, profesora de música ya entrada en la cuarentena y que había vivido largos primaveras en Bombay, París y en el sur de Francia. Había sido durante esos primaveras en el extranjero cuando había entrado en contacto con diplomáticos, políticos y hombres de negocios, familiarizándose con ciertos hábitos en los que creyó descubrir una actividad más lucrativa que las clases de piano y canto con las que entretenía a las hijas de estos, de guisa que decidió regresar a Berlín y poner en marcha un particular que desde el principio gozó de la clientela más monopolio. El precio reducido de un servicio en el Salón Kitty era de 200 marcos de la época.

Las malas lenguas dicen que fue Lina Heydrich, la mujer del jerarca de la Gestapo, la que trató de defender su honrilla tras descubrir que su marido era cliente del Salón Kitty, convirtiendo esas incursiones en visitas de trabajo. Esa lectura le atribuye la idea de convertir el casa de putas en un centro de espionaje. Lo que Kitty contó a sus herederos, sin requisa, es que fue descubierta tratando de prestar ayuda a unos judíos que intentaban huir de Alemania y la Gestapo forzó la reconversión con un chantaje: o eso o la enviaban a un campo de concentración. Lo cierto es que, en 1939, Heydrich se hizo cargo de la dirección del chiringuito y empezó por un cambio de personal. Polacas y checas fueron expulsadas, al tiempo que se reclutaba a mujeres de perfecta raza solo a las que se entrenó en las técnicas de seducción y espionaje. El equipo de psicólogos, médicos e intérpretes que seleccionó a las candidatas rebuscó en todos los burdeles de Berlín aspirantes que cumpliesen ciertas características: «debían ser inteligentes, tener buen conocimiento de idiomas extranjeros, ser nazis convencidas y estar locas». Las 20 seleccionadas fueron instruidas en el arte de sonsacar información e incluso entrenadas para hacer grabaciones, pero la parte técnica no resultó suficientemente compatible con las tareas simultáneas, y Heydrich, gran optimizador como demostró en la decisión final, optó por convertir el sótano del edificio en una periodo de escuchas conectado con cada una de las habitaciones. Al final de cada recorrido, las chicas debían rellenar detallados cuestionarios e informes sobre actividades y conversaciones.

Katherina Schmidt, más conocida como «Kitty»
Katherina Schmidt, más conocida como «Kitty» – Salón Kitty

Urs Brunner y Julia Schrammel han hecho un minucioso esfuerzo por separar la letrero de la historia en el vademécum «Salón Kitty», a la traspaso esta semana en Alemania y sobre el que trabaja ya una gran productora para una serie de reparto internacional. Basándose en documentos, memorias y testimonios de algunos supervivientes, han perfilado la actividad actual de un casa de putas que, en el año 1940, atendió a unos 10.000 clientes, unos 30 por día, entre los que, efectivamente, figuraban altos cargos del partido facha, empresarios de diversas nacionalidades y algún diplomático.

«El esquema de centro de espionaje no fue muy exitoso, a la visa de los procesos que surgieron de sus averiguaciones con el paso de los primaveras», dice Julia Schrammel, «la estadística demuestra que más admisiblemente fue utilizado como un ocasión de caza, donde se tendían trampas a enemigos políticos que, relajados por las chicas y el bebida, expresaban en voz adhesión críticas a Hitler o a sus excesos». Su descripción de la actividad del Kitty durante los primaveras cuarenta recuerda más a Villarejo que a Enigma, y las evidencias documentales desmontan algunos de los grandes mitos sobre el casa de putas. «En cuando empezaron a caer los primeros nazis cazados en el Kitty, el resto de la cúpula del partido se dio cuenta y no solo dejó de frecuentar el particular, sino que, adicionalmente, comenzó a tratar a los Heydrich como unos apestados», explica Schrammel.

Mitos y verdades

En el contorno quedan algunas visitas sobre las que abundaron los rumores legendarios, como la de Serrano Suñer, ministro de Exteriores de Franco, «el cuñadísimo», durante su delirio a Berlín en octubre de 1940, que pudo deber sido invitado pero asimismo despierto a tiempo por el entonces embajador gachupin, Eugenio Espinosa de los Monteros. «Posteriormente de la caída del Tercer Reich, no se encontraron rastros de registros o actas de reuniones, aunque eso no tiene por qué significar que no existiesen. Podrían deber sido destruidos en bombardeos o eliminados deliberadamente en las últimas semanas de la enfrentamiento». Algunas informaciones supuestamente basadas en los archivos de la Stasi no pudieron ser verificadas tras la caída de la RDA. Liesel Ackermann, que trabajó en Salón Kitty desde 1940 hasta 1945, no mencionó nunca al gachupin.

Sí hay constancia documental de las visitas del ministro de Exteriores italiano, el conde Ciano yerno de Mussolini, que durante una de sus visitas al Kitty, durante las que «no se quitaba en ningún momento sus calcetines negros», reveló que a él y a su suegro les gustaba divertirse con Adolf Hitler, a quien llamaban «payaso».

Entre los invitados alemanes, un frecuente fue el líder deportivo del Reich, Hans von Tschammer und Osten. Joseph Sepp Dietrich, militar de las Waffen-SS, fue asimismo invitado y aprovechó la ocasión para cerrar el particular con las vigésimo chicas solo para él. Que el Salón Kitty era un estudio de sadomasoquismo, en el que los jerarcas nazis suplicaban castigo y humillación, es un fake difundido por la película de Tinto Brass«Los caballeros eran completamente normales». Más admisiblemente terminó siendo un casa de putas estigmatizado en el que todo el mundo sabía de las escuchas. El agente sajón Roger Wilson había rematado convencer a una de las prostitutas, y el servicio secreto sajón llegó a estar al tanto de visitas y conversaciones. En 1942, tras un decepcionante documentación de rendimientos, las SS se retiraron de la Giesebrechtstrasse. Heydrich murió poco luego, y el edificio quedó parcialmente destruido en un instigación. A Kitty se le permitió continuar con su negocio en la planta herido, con la condición de retener silencio, y así lo hizo hasta su homicidio, en 1954. Su hija Kathleen convirtió el negocio en una pensión. Y cuando dejó de funcionar, pasó a ser albergue de refugiados. Pero los vecinos protestaron porque se devaluaba con ello el edificio, y fue definitivamente cerrado en 1994.

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