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Diez razones para explicar cómo hemos llegado a esta situación en España

Diez razones para explicar cómo hemos llegado a esta situación en España
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Ignacio López-Goñi/Juan Ignacio Pérez Iglesias

Durante los meses de marzo, abril y mayo, España fue uno de los países con viejo número de casos de COVID-19 y fallecimientos por esa causa, en proporción al número de habitantes. En este momento, España lidera el número de infectados y de muertes registradas en Europa durante las últimas dos semanas. Ya no hay duda de que nos encontramos inmersos en una segunda ola de la pandemia. La situación es muy preocupante.

En los últimos meses se han publicado dos artículos, en The Lancet y The Lancet Publich Health sobre la escazes de evaluar de forma independiente la respuesta de España a la crisis de la COVID-19. ¿Por qué España se encuentra en una situación tan mala? ¿Qué se ha hecho mal para liderar el ranking de países con peores datos? ¿En qué hemos fallado?

Las pandemias son muy difíciles de controlar; si no, no serían pandemias. El nivel de incertidumbre ha sido muy suspensión y, por ello, no ha sido liviana tomar decisiones. Por esa razón, y aunque ha habido y hay responsables de lo ocurrido, no queremos hacer aquí una crítica incisiva a posteriori para inquirir culpables, sino valorar lo que ha pasado para prepararnos delante futuras oleadas y evitar que vuelva a acaecer.

1. Equivocación de liderazgo

En momentos de crisis, el liderazgo es un dato esencia. Los líderes deben tender puentes, propiciar consensos, integrar a personas y grupos diferentes en pos de un objetivo global. Actuando con flexibilidad, el líder debe rodearse de los mejores, con independencia de su ideología, porque el objetivo es la vigor, la seguridad y el bienestar de todos. España ha carecido de ese liderazgo a lo liberal de esta crisis.

2. Descoordinación

Ha habido una evidente desliz de coordinación entre el Gobierno central y las Comunidades Autónomas. De la centralización total del estado de sorpresa se ha pasado al «sálvese quién pueda». Los virus no saben de fronteras, por lo que, en un estado descentralizado como el nuestro, debe compatibilizarse de forma inteligente el principio de subsidiariedad con la necesaria coordinación entre las diferentes administraciones: estatal, autonómica y municipal.

3. Equívoco papel de la ciencia

Para tomar decisiones aceptablemente fundadas se necesita contar con el mejor conocimiento adecuado. Por ello, un liderazgo efectivo exige que todas las decisiones sean informadas por un comité comprobado multidisciplinar. Esto no quiere asegurar que solo se tengan en cuenta principios científicos; además deben considerarse otros.

Pero la responsabilidad última ha de ser de quien las toma, esto es, de las autoridades competentes para ello. Muchos responsables políticos de diferentes niveles han confundido de forma interesada el supuesto soporte comprobado de sus decisiones con consideraciones de carácter político y financiero. Esa confusión debe desaparecer; la mejor señal para ello es que los informes en que se basan las decisiones sean públicos y estén al capacidad de todos.

4. Equivocación de datos

El mejor conocimiento adecuado exige, por supuesto, contar con los datos que dan cuenta de la situación en cada momento. Pero durante estos meses la encargo de datos ha sido caótica. Sin contar a tiempo con métricas, indicadores y umbrales claros, no se puede mandar una crisis como esta. La coordinación en este punto además ha sido muy deficiente.

Es fundamental conocer el número de fallecidos, casos con síntomas, asintomáticos, porcentajes de PCR hechas con resultado positivo, otras pruebas, tipos de contagios, número de rastreadores, datos de atención primaria, hospitalizaciones, seriedad, por edades, sexo, procedencia, movilidad, etc. Y todos esos datos han de ser públicos, porque el indagación manifiesto es la mejor señal de que se hace un buen uso de ellos.

5. La controversia política

La pandemia no es un problema político, sino comunitario. Pero desde su principio se ha utilizado como pertrechos arrojadiza en el enfrentamiento partidario. Y de esa confrontación, el único beneficiario ha sido el virus. La crispación política alimenta la polarización, lo que conlleva que la ciudadanía se alinee con los suyos y renuncie a evaluar sus actuaciones de forma crítica.

Adicionalmente, incrementa la confusión en relación con la adecuación de las medidas propuestas o sus posibles alternativas, lo que acaba socavando la credibilidad de aquellos a quienes se atribuye su paternidad (los expertos) y, por supuesto, además de los responsables políticos. La seriedad de la situación exige que se capacidad un pacto de estado de amplia cojín en materia de vigor, investigación, educación y caudal.

6. Equivocación de pedagogía y de transparencia

Para que la población asuma ciertas medidas, sobre todo si conllevan distrito de libertades o un suspensión coste, es fundamental que se entiendan las razones por las que se toman. Y para eso hay que explicarlas con claridad, especificando su cojín científica, por un costado, y los caudal que se pretende preservar, por el otro.

Aunque se han ofrecido numerosas y extensas ruedas de prensa, las explicaciones han sido confusas y, en más de una ocasión, han cubo pie a pensar que no se estaba diciendo la verdad. Sobre todo cuando se ha incurrido en contradicciones entre los mensajes transmitidos en momentos diferentes. No olvidemos que la verdad inspira confianza y ayuda a perseverar. La comunicación debe tener en cuenta los miedos y preocupaciones de la gentío, para poder dar respuesta a esas emociones. De otra forma se alimenta la infodemia de la que se nutren bulos y negacionismos.

7. Rápida desescalada

El confinamiento tuvo un emoción devastador, no solo en la caudal sino además en el humor y la vigor mental de la población. Era necesario no solo guardar la vida sino además el medio de vida. Sin retención, el proceso de desescalada fue muy rápido. La proximidad de la temporada veraniego hizo que se priorizasen el ocio, las reposo y el turismo, sin tomar las precauciones debidas (control de fronteras y cuarentenas, por ejemplo).

Las restricciones solo se deberían tener noble en su totalidad tras tener asegurado un sistema inodoro robusto y seguro, cuando se hubiera dispuesto de sistemas de diagnosis eficaces y estuvieran ampliamente implantados, y cuando se dispusiera de un sistema eficaz de detección, rastreo y aislamiento de los posibles brotes.

8. Respuesta lenta y desliz de contundencia

Cada vez que se han producido brotes o se ha constatado un crecimiento peligroso de la incidencia de la COVID-19, se ha tardado en reaccionar y cuando se ha hecho, con timidez. La razón de la tardanza ha sido, seguramente, el deseo de no dañar el tejido financiero pero, paradójicamente, esa forma de llevar a cabo ha agravado la propia situación económica.

Por otro costado, la burocracia y el situación normativo han contribuido a retrasar la aplicación de medidas que ya se iban a poner en ejercicio demasiado tarde. Es necesario habilitar las herramientas jurídicas y administrativas necesarias para poder tomar decisiones de aprieto en aras del interés global.

9. Sistema inodoro débil

Los cortaduras tras la crisis del 2008 debilitaron el sistema de vigor. Durante el estado de sorpresa, el foco se puso en las camas y UCIs hospitalarias. Pero los déficits de personal asistencial han sido palmarios. Es necesario, por lo tanto, animar las plantillas del personal inodoro. Es fundamental poner ahora el foco y llevar a cabo en vigor pública y atención primaria para, de esa forma, resumir el número de las personas que han de ser hospitalizadas.

Peculiar atención se debería tener además con los servicios de pediatría y gerontología. Todo esto conlleva la escazes de incorporar más personal y de hacerlo lo antaño posible. Un sistema inodoro tensionado al remate tiene consecuencias que van mucho más allá de la propia COVID-19: retrasos en otros diagnósticos y tratamientos, calendarios alterados de inoculación de niño, etc., con el consiguiente reguero de pérdida de vigor y de vidas.

10. Equivocación de rastreadores

El sistema de diagnosis, rastreo y aislamiento ha sido y aún es, a todas luces, insuficiente. En proporción al número de habitantes, hemos tenido muchos menos rastreadores que otros países europeos. Nos enfrentamos a uno de los peligros más insidiosos y difíciles de controlar: un virus nuevo para el que la población no tiene inmunidad previa, que se transmite muy fácilmente por vía respiratoria, que puede ser transmitido antaño de la aparición de los síntomas e incluso por personas asintomáticas. No se puede controlar la pandemia sin retener dónde está el virus. En estas condiciones el diagnosis, detección de los infectados, rastreo de los contactos y aislamiento de los posibles brotes es fundamental para contener la extensión de la pandemia.

Sin retención, ha habido indolencia a la hora de aparearse equipos de diagnosis y rastreo de la capacidad requerida. Algunas Comunidades Autónomas ha llegado a pedir voluntarios para esta actividad, y otras han destruido por acogerse al Ejército. La aplicación móvil de alerta de contagios Radar COVID, que puede ayudar en la calado, ha llegado tarde y todavía hoy no está plenamente instaurada en todo el estado.

A tiempo de corregir el rumbo

Mínimo de lo dicho pretende quitar un extremo de responsabilidad a los individuos. Pero las conductas personales, aunque puedan merecer reproche, son difícilmente regulables mediante decisiones administrativas. Lo que ha ocurrido en España durante el verano de 2020 ha sido un gran fracaso colectivo. Estamos a tiempo de corregir el rumbo y retornar a aplanar la curva, sin incurrir en costes inasumibles en términos económicos y sociales. De todos depende, pero muy especialmente de quienes tiene la responsabilidad política.

Ignacio López-Goñi. Catedrático de Microbiología, Universidad de Navarra.

Juan Ignacio Pérez Iglesias. Catedrático de Fisiología, Universidad del País Vasco.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation.

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