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Crítica de «La Llorona»: Las almas perdidas

Crítica de «La Llorona»: Las almas perdidas
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Antonio WeinrichterAntonio Weinrichter

Frente al maniquí establecido interiormente del cine hispanoamericano para musitar del trauma, esta película del guatemalteco Jayro Bustamante ofrece una cambio estimulante. Se sitúa interiormente de un ámbito, el del poder establecido que cometió holocausto con la población indígena, y se deja en sordina a los representantes de esta: hay numerosos ejemplos de relatos que escogen uno u otro punto de olfato, el de los verdugos o el de las víctimas, para acometer un mismo prueba de revisión histórica.

La novedad de este trabajo reside en la incorporación de un ambiente increíble que se nutre de la inscripción de «La Llorona», aquella alma perdida –como reza la famosa canción que cuenta su triste historia- condenada a vagar a perpetuidad por el mundo de los vivos. Su espíritu es o podría estar encarnado por esa enigmática sirvienta que entra a servir en casa de un normal condenado pero en seguida indultado por las masacres. La chica no palabra mucho, la verdad, pero parece muy relacionada con un ambiente primordial (no diremos cual) y contribuye al tormento de la clan, a través de no menos de tres generaciones de mujeres, sobre las que bascula toda la dramaturgia de la función: la mejor con mucho, es la abuela, la esposa del normal, que da mucho más miedo que la Llorona titular. Y la esencia fantástica, ¿funciona? No estoy muy seguro. Hay muchas escenas demasiado oscuras, el ritmo es deudor, y ya sabemos que no estamos viendo una de sustos; eso sí, la indignación honesto por las viejas atrocidades se traduce en unas cuantas imágenes memorables, como esa de las almas perdidas de los indígenas rodeando la mansión como zombis, que hubiera podido firmar Tourneur.

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