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Crítica de «Campanadas de muerto»: Huesos en el caserío

Crítica de «Campanadas de muerto»: Huesos en el caserío
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Antonio WeinrichterAntonio Weinrichter

Lo más sugerente de este trabajo del director Imanol Centella puede ser su aspiración formal. Se traduce en una serie de planos de enfoque “bressoniano”, que hacen visible el campo (y no me refiero al que rodea al caserío donde encuentran los huesos que ponen en marcha la trama), y que harán gracejo a los cuatro que lo apreciemos: el cine no forma parte ya de la civilización militar y balbucir de Bresson es como mencionar Palestina a un rapero.

Esa es la parte, si no buena, al menos curiosa. Argumentos poblados de campesinos de pocas palabras y muchos silencios ya hemos pasado unos cuantos, casi siempre con Ovidi Montllor, y oírlo en vasco siquiera aporta demasiadas novedades. Fruto de esa misma aspiración de escritura es el uso más perfectamente irritante de un coro en sordina para la costado sonora y de una narración elíptica que favorece que uno no tarde en perder la paciencia con los recovecos y las líneas temporales que se esbozan. Aunque asimismo junto a sospechar que esa oscuridad novelística, aumentada por la escasa capacidad de comunicación de la viejo parte del reparto (lo del maniquí bressoniano no sé si sirve de excusa aquí), sirve para encubrir otro tipo de lagunas. Hay muchos muertos violentos, pero los gudaris solo matan a uno por traficar, cosa que confirmamos porque nadie del pueblo acude al funeral. Los demás son crímenes pasionales, revanchas y abusos de poderosos: este caserío es una pura instancia de la España profunda, menos por el funeral hueco.

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