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Crítica de «Ane»: Madre e hija

Crítica de «Ane»: Principio e hija
#Crítica #Ane #Principio #hija

Antonio WeinrichterAntonio Weinrichter

Esta es una producción vasca hasta las cachas: todos hablan, muy deprisa por cierto, en un vasco supongo que standard menos cuando dicen palabrotas o cuando hablan con la anciana superiora de un doméstico de segunda gestación, pero Ramón y Carmen y los demás no necesitan tirar del castellano. Es incluso vasca por el carácter, digamos mejor que por la coloratura, de la trama. Estamos en un mundo en el que sólo aparecen jóvenes comprometidos con la lucha, en este caso contra la construcción de una serie de tren de ingreso velocidad, de la que se nos comentan de pasada sus perniciosos artículos secundarios. Pero el contexto, y a esto me refiero, se da por sabido: en todo caso, las distintas posiciones se solucionan a gritos en un par de escenas.

El centro honesto de la película, y visual porque sale prácticamente en todas las escenas, es la superiora corajuda que encarna con solvencia Patricia López Arnaiz. La seguimos en su angustiosa búsqueda perpetua de Ane, la titular, y aunque tiende a calentarse hablando con su ex o con el patriarca de estudios, la entendemos: cuando tienes una hija dedicada al terrorismo de desvaloración intensidad, tu principal problema no es que la pupila deje de ir a clase, ni siquiera que trabajes en la empresa receptora de los petardos que colocan Ane y sus amigos. Solo quieres que la chica venga a adormecerse a casa.

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