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Cómo afecta el positivo de Trump a la campaña presidencial de EE.UU.

Cómo afecta el positivo de Trump a la campaña presidencial de EE.UU.
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Javier AnsorenaJavier Ansorena

Donald Trump es un pedagogo en estirar, disolver y metamorfosear la verdad en función de sus intereses. Pero la verdad incluso puede ser tozuda y sobrevivir a andanadas de tuits, horas de ruedas de prensa y mítines electrizantes. El presidente de EE.UU. se estrelló contra ella en la amanecida del viernes, cuando se supo que él y la primera dama, Melania Trump, habían cedido positivo en la prueba de Covid-19, luego de meses buscando dejar en un segundo plano una afluencia que acumula casi 210.000 muertos y millones de puestos de trabajo perdidos. La enfermedad de Trump ocurre a un mes de su reelección, con la campaña cuesta hacia lo alto para el presidente y en un momento de máxima polarización política en EE.UU.

«Yo no llevo la mascarilla como él», dijo Trump sobre Joe Biden, su rival por la Casa Blanca, en el debate entre candidatos del pasado martes. «Cada vez que le ves, va con mascarilla. Puede estar hablando a sesenta metros y aparece con la mascarilla más egregio que hayas manido nunca». Era el deporte habitual de mofa que Trump ha hecho de las precauciones que su rival ha tomado durante la campaña. Poco más de dos días luego, el presidente anunciaba que tenía el virus. Se veía obligado a suspender sus actos públicos de campaña y se quedaba sin el mítin que tenía previsto ayer en Florida, quizá el estado más determinante para su reelección. Biden, al contrario, viajó ayer a Michigan, otra batalla decisiva, para continuar con su campaña luego de suceder cedido película en un test de covid.

A Trump le sorprendió la afluencia con muchas opciones para su reelección. A comienzos de este año, la capital presentaba buenos números y el partido demócrata estaba dividido entre el ala izquierdista de Bernie Sanders y el ‘establishment’ que apoyaba a Biden, un candidato poco ilusionante para muchos, con desempeños mediocres en los debates y con descuido de energía evidente en su campaña. Biden aseguró la nominación a principios de marzo, cuando la afluencia empezaba a dar muestras claras de su gravitación. Trump optó por mirar a otro flanco.

A mediados de febrero, Trump deslizó que en abril, «cuando llegue el calor», el virus desaparecería. A finales de febrero, cuando empezaban a acumularse casos, dijo que «muy pronto» habría menos de cinco contagios y que podrían ser «solo uno o dos» en un corto periodo de tiempo. Además que el virus «desparecerá, como un prodigio». Solo con destino a mediados de marzo, cuando la afluencia mostraba su brío, en distinto en Nueva York y su radio metropolitana, y los casos se extendían por otras zonas del país, Trump dijo que sería «un presidente en tiempo de enfrentamiento» para combatir el virus.

Un mal ejemplo

Pronto quedó claro que esa enfrentamiento no sería practicable y que tendría una confección devastadora. La afluencia se había propagado por el país delante una reacción tibia, tardía y descoordinada de la Dependencia Trump y de las autoridades locales. Trump protagonizó una administración irregular de la crisis, con enfrentamientos con los gobernadores de los estados, contradicciones frecuentes con los expertos médicos de su Gobierno y resbalones como la defensa del uso de la hidroxicloriquina o metidas de pata contundentes como la relato al uso de desinfectantes para tratar la enfermedad.

Trump decidió desmarcarse de la afluencia, que, delante el avance de los muertos y del impacto financiero por el confinamiento del país, amenazaba con convertir su reelección en un referéndum a su administración de la crisis. Desde muy pronto, centró su discurso en el motín de restricciones y en la recuperación económica. En cuanto pudo, a mediados de junio, se lanzó a la campaña, con un mitin en un lado cerrado en Tulsa (Oklahoma) que fue muy criticado.

Buscó dar una imagen de no estar atrapado por la afluencia. Rehusó utilizar la mascarilla, a pesar de que su Gobierno la recomendaba desde principios de abril. No se le vio en manifiesto hasta el mes de julio, a pesar de la insistencia -también de sus aliados republicanos- en que diera ejemplo con su uso. Trump contribuyó a hacer de la protección facial un asunto identitario: las encuestas mostraron que la gran mayoría de quienes estaban en contra de su uso eran votantes republicanos.

Biden sacude la campaña

Biden, al contrario, centró su campaña en la afluencia, una carta electoral magnífica para tumbar a Trump. El presidente y su campaña se burlaron hasta la saciedad de que el demócrata hacía la campaña «desde el sótano», que estaba escondido porque no tenía energía ni capacidad para aguantarle el ritmo.

Sin duda, la afluencia fue un regalo para las opciones de Biden. El positivo de Trump podría ser el unión. La enfermedad y la cuarentena obligada del presidente son una impugnación a la postura del presidente sobre el virus. Desde finales de agosto, Trump ha multiplicado sus mítines con seguidores, donde no se impone la distancia física ni se obliga a soportar mascarillas, muchas veces contra las regulaciones locales. «En esto, es un estúpido», dijo Biden sobre su rival en el debate.

El positivo sacude la dinámica de la campaña, en contra de los intereses de Trump, que se queda de momento sin su comarca preferido, el mitin. En las últimas semanas, todavía por detrás en las encuestas, había conseguido dominar poco de distancia y cambiar el debate político. La crimen de la jueza progresista Ruth Bader Ginsburg y su reemplazo expedito por una magistrada conservadora, Amy Coney Barrett, se comió buena parte del oxígeno. La bronca continua en el debate del martes y la negativa de Trump a comprometerse a aceptar los resultados de la votación y una transferencia pacífica de poderes dejaron incluso a la pandemia en un segundo plano. Ahora, el positivo de Trump vuelve a colocar al virus en el centro de la vida política, con la posibilidad de no moverlo durante semanas. Y conecta, de una forma paradójica y muy potente para el votante, la mala administración de la afluencia y el impacto en la propia sanidad del presidente.

Los demócratas no han tardado en utilizar para su interés político el contagio de Trump y su menosprecio de la enfermedad. «Espero que esto sirva de recordatorio: ponte mascarilla, mantén distancia social y lávate las manos», escribió Biden en Twitter tras el positivo. Nancy Pelosi, líder demócrata de la Cámara de Representantes y contrario de Trump en el Congreso, dijo que el contagio debería ser una «experiencia de educación». Gretchen Whitmer, gobernadora demócrata de Michigan, llamó a que el positivo sea un «toque de atención» para los votantes. Otros acusaban a Trump y a su equipo de poner en peligro a la masa de su en torno a y de convocar mítines en los que el virus puede suceder corrido como la pólvora.

Todavía es pronto para retener qué impacto tendrá la enfermedad en la sanidad de Trump y qué capacidad de hacer campaña tendrá en su convalecencia. El presidente podría convertirla en un ‘reality’ en el que el protagonista supera las dificultades y regresa cabal a tiempo para liderar el país. Quizá el virus humanice la percepción sobre él de los votantes. La verdad es que los estadounidenses ya están votando, por correo y de forma presencial en algunos estados, y Trump es un presidente hospitalizado.

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