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Christine Lagarde revoluciona el papel del BCE en solo doce meses de mandato

Christine Lagarde revoluciona el papel del BCE en solo doce meses de mandato
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Rosalía SánchezRosalía Sánchez

Christine Lagarde llegó a la presidencia del BCE advirtiendo que no sería ni firme ni paloma, en relato a las dos tradicionales facciones de ortodoxos y relajados en el seno del emisor europeo. Ella misma se definió como lechuza, dando a entender que constituiría una especie diferente, sin dejar de ser un pájaro. Se declaró ave de rapiña nocturna de planeo silencioso, queriendo quizá asociarse a la Atenea de la mitología griega, sabia y mediadora en los conflictos, pero abriendo incluso la puerta a asociaciones con las artes oscuras, que relacionan a la lechuza con los procesos mágicos de transformación. El hecho es que le han bastado sus primeros doce meses en el cargo para darle la reverso al estatuto de la institución. La revolución Lagarde no ha hecho más que principiar y al BCE no lo reconocen ya ni los padres fundadores.

Llevaba al punto que días sentada en el sillón cuando anunció una revisión de la táctica, que terminará al final de este año y con la que se deshará de la presión que supone el mandato fundacional al que se debe: ayudar la inflación sutilmente por debajo del 2%. Denominó a este objetivo su «tarea». Interiormente de esa revisión, encima, el BCE incluso está modificando la forma en que se calcula la inflación, que en la contemporaneidad incluye de forma sesgada el mercado de la vivienda. El IPC computa el precio de los alquileres, por ejemplo, pero no el coste de acreditar una hipoteca, lo que supone hacer una distinción entre inquilinos y propietarios. «No queremos dejar cabos sueltos», fueron sus palabras al respecto.

Pero estos cambios, de por sí muy significativos para el diseño flamante de la institución, pensada a imagen y referencia del Bundesbank tudesco, quedan en meros tecnicismos en comparación con las alas desplegadas justificándose en la pandemia. Lanzó un software de operación de deuda de 1,35 billones de euros, de los que hasta ahora se han comprometido unos 590.000 millones, con los que respiran artificialmente Estados y grandes empresas europeas, pero cuya arribada a la peculio auténtico sigue siendo dudosa a la luz de los datos de crecimiento de PIB de este año, al igual que le ocurrió a los programas de su antecesor Draghi, a los que ha dejado pequeños y que no lograron proteger el empleo ni en cantidad ni en calidad durante la precedente crisis.

La conversión más relevante, sin incautación, es la que afecta a una ampliación de su ámbito de actividad, que desborda abiertamente el estatuto. Esta misma semana ha iniciado una excursión de «audición» pública, involucrando por primera vez a la sociedad civil para hacer el BCE «más sensible a los desafíos sociales». Ha proclamado reiteradamente su intención de volcar el poder de la institución monetaria en la lucha contra el cambio climático, un objetivo plausible que, sin incautación, no figura en su mandato. Además se propone «fomentar la inclusión, calar a la sociedad civil y empoderar a las mujeres».

Estas intenciones contrastan con la tradición de una institución profundamente tecnocrática, atenta solamente a los bancos y a los mercados financieros y que no llegaba más allá de las jornadas de puertas abiertas. «El euro es la moneda popular de todos los ciudadanos de la Eurozona, es su admisiblemente popular, y nosotros somos los custodios de ese admisiblemente», ha dicho Lagarde durante un evento celebrado el miércoles en Frankfurt en el que debatió con docenas de organizaciones no gubernamentales. Aparentemente, quiso embellecer con una capa de pintura verde una nueva precipitación de «bonos verdes», pero las ONG invitadas criticaron su política, por «utilizar herramientas contundentes que benefician desproporcionadamente a los ricos y llegan demasiado despacio a la peculio auténtico». «Equivale a tratar de reponer el océano vertiendo agua en la cima del monte Everest», dijo Martin Schmalzried, de la asociación Coface Families Europe.

En una entrevista concedida a Le Monde, Lagarde ha presumido de acontecer librado, solo este año, un millón de empleos en Europa, inmiscuyéndose así en una responsabilidad que corresponde más admisiblemente a los poderes ejecutor y asamblea, votados por los ciudadanos, que al poder monetario. Y encima ha pedido abiertamente a la UE que convierta en «permanente» el Fondo de Reconstrucción, sección en julio y concertado bajo la expresa premisa de constituir una utensilio «fantástico» y de «aplicación única», a causa de la pandemia. Con sus palabras ha libre un debate que corresponde a los gobiernos europeos, mostrando un acción directa y un valor de implicación política nunca vistos hasta ahora en la historia de la entidad. Ni Duisenberg, ni Trichet, ni siquiera Draghi osaron calar tan allá. Y, casi sin tomar aliento, Lagarde ya está preparando una nueva función en diciembre, nuevos estímulos que, según fuentes del BCE, «conseguirán más fácilmente apoyo acorde en la última reunión del consejo del año».

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