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Biden decepciona al entrar a la pelea en el barro con Trump

Biden decepciona al entrar a la pelea en el espinilla con Trump
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Javier AnsorenaJavier Ansorena

La duda ayer del debate entre Donald Trump y Joe Biden del pasado martes no era si el presidente de EE.UU. rompería reglas, sino cuáles serían. El progreso al poder del multimillonario neoyorquino se ha cimentado en reescribir la política. Una tras otra, se saltó las convenciones de la corrección, del decoro y de los títulos que se presumen a quien pretende u ocupa la Casa Blanca. Trump apostó a que buena parte de la sociedad -la clase media blanca, con su nivel de vida deteriorado y despreciada por la política identitaria de la izquierda- no vería con malos fanales a quien se presentaba a romperlo todo y devolverles la magnitud.

Trump presentó su candidatura llamando a los inmigrantes mexicanos «criminales» y «violadores»; insultó la apariencia física de sus colegas de partido en las primarias republicanas; animó a que los asistentes a sus mítines corearan «¡enciérrala!» sobre Hillary Clinton; pidió a Rusia que investigara a su rival electoral; dijo que había «muchedumbre muy buena» entre los neonazis que protagonizaron protestas violentas -con una víctima mortal- en Charlottesville en 2017; ha mentido y exagerado sin rubor y con insistencia en sus apariciones públicas como presidente; y, en los últimos tiempos, ha procesado a su coetáneo oponente de usar drogas para mejorar su rendimiento en los debates.

Dicen los estrategas que cuando poco funciona lo mejor es no tocarlo. Este martes, Trump no falló a sus seguidores -el entusiasmo de sus votantes y su aprobación entre republicanos son muy altos- y dobló la puesta: arrastró el debate al caos y la confrontación, como nunca se había trillado en un altercado entre candidatos a la presidencia. Siquiera en 2016, cuando se enfrentó a Clinton. Trump fue entonces agresivo con la candidato demócrata, pero con Biden estiró mucho más el chicle.

El repertorio de Trump

Desde el mismo inicio, salió decidido a imponer su repertorio. Interrumpió sin detener a Biden, elevó sus palabras sobre el hilo de voz dubitativo del candidato demócrata, habló cuando no le tocaba y repartió golpes bajos. Insistió en que no reconocerá los resultados de la selección y se negó a condenar el supremacismo blanco. Biden, desarbolado, acabó por descabalgar al espinilla y el debate se convirtió en una recepción gritona de «reality». Los estadounidenses que no apagaron la tele fueron testigos de un espectáculo lamentable. A los analistas políticos se les acababan los epítetos para describir el altercado: «desgracia», «tren descarrilado», «el peor debate de la historia».

Ayer de que se iniciaran las hostilidades, el moderador, Chris Wallace, aseguró que su papel sería ser «tan invisible como fuera posible». Todo lo contrario: tuvo que reñir con las interrupciones de Trump, tratar, sin éxito, de centrar el debate en las cuestiones fundamentales e insistir para que los candidatos respondieran a sus preguntas. Tuvo más trabajo con Trump que con Biden, al que tuvo que seducir la atención varias veces y conminarle a que respetara las normas pactadas por uno y otro: es sostener, dejar conversar al contrario en turnos de dos minutos. El presidente protestó y le dijo en una ocasión que Biden además le interrumpía. «Francamente, usted ha interrumpido más», respondió Wallace, un periodista respetado de Fox News, el canal de noticiero más amable con Trump, y que ya le sometió a una entrevista chinche el mes pasado.

«Fue una desgracia franquista», dijo ayer Biden sobre el desempeño del presidente de EE.UU. El candidato demócrata estuvo, sin retención, muy acullá de salvarse. Su plan era distanciarse de la bronca de Trump y conversar de forma directa al votante (lo consiguió en alguna ocasión, lo mejor que hizo en el debate). Centrarse en la encargo de Trump de la pandemia, que acumula más de 200.000 muertos y millones de empleos perdidos en EE.UU.

Biden, sin firmeza

Biden no pudo evitar la dinámica que buscó Trump. Falto de energía y de reflejos, no tuvo la capacidad para contrastar las bravatas del presidente, para arrinconarle en sus contradicciones. Sí lo hizo Wallace en alguna ocasión, cuando no le dejó esquivar alguna pregunta. «Parece que estoy debatiendo contigo, no con él», le dijo el presidente al moderador.

A Biden le faltó firmeza para marcar distancias con la sordidez de Trump, al que llamó «payaso», «mentiroso», «racista» y al que dedicó un «¿por qué no te callas?».

En esa pelea, claro, se impuso Trump. No le importó meterse en asuntos muy personales y recordó cómo un hijo de Biden, Hunter, «fue expulsado del ejército sin honores por tomar cocaína».

Los grandes temas que preocupan a los estadounidenses -respuesta al Covid, sanidad, patrimonio, renovación del Supremo- se ahogaron en el espinilla. El país está en medio de una crisis sanitaria y económica, a posteriori de un verano de protestas y tensiones raciales, y con la perspectiva de una crisis política a la revés de la remate. La sombra de la violencia cada vez es más tupida, en un país polarizado al extremo y con la clase política enconada, en medio de las dificultades para el voto que supone la pandemia y delante un recuento que se prevé interminable. Con mucha probabilidad, acabará en una batalla legítimo incierta.

Ese panorama solo se oscureció con el debate. Trump se negó a comprometerse a no declararse vencedor la confusión electoral hasta que haya una certificación independiente de los resultados, a posteriori de rebotar aceptar una derrota si hay voto por correo. Además evitó condenar al supremacismo blanco y a las milicias que lo apoyan. Wallace le pidió que exigiera a esos grupos que se echaran para detrás y Biden le dijo que lo hiciera de forma específica con los Proud Boys, una formación de extrema derecha violenta. «Proud Boys, dad un paso detrás y permaneced listos», fue la reacción de Trump, que fue celebrada de forma inmediata por ese reunión como una citación a las armas.

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