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Argentina llora a su héroe y decreta tres días de luto nacional

Argentina llora a su héroe y decreta tres días de pena franquista
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Carmen de Carlos

Era un gol cantado. Sólo faltaba memorizar cuándo y dónde. Maradona había dejado la meta de su vida libertado hace décadas y sólo faltaba el remate final. Le llegó, como al resto de Argentina, cuando no lo esperaba, cuando parecía que todo iba admisiblemente. Había superado un hematoma subdural, un coágulo en la corteza de ese cerebro con tanto talento y que tanto castigó. Y así, mientras se supone que descansaba, que se recuperaba aunque era irrecuperable, la asesinato se la metió por toda la escuadra, de esa sanidad mermada a llamada de excesos, de licor, de drogas sintéticas y de las otras, de polvo de estrellas rotas.

El shock es franquista. Su asesinato, cuestión de Estado. El pena, sin fronteras.

Es la última tragedia para una Argentina encerrada por la pandemia y atrapada en su propia miseria devaluada. Es el terremoto compungido de un pueblo que vio cómo su ídolo se cortaba las piernas y el «barrilete (cometa) cósmico» caía en picado. Es la mensaje que en la Casa Rosada intentaban aprovechar para preparar los funerales de su posterior ingenio derrotado, pero incluso de su fan y militante. Diego Armando era kirchnerista antaño que peronista, Castrista antaño que revolucionario y chavista antaño que madurista.

El presidente de Argentina, Alberto Fernández, decretó tres días de duelo franquista desde ayer. Es cuestión de tiempo conocer cómo será la película de su despedida final, la de su existencia tiene tantas versiones como etapas en su vida. Canciones como la de Andrés Calamaro y cintas como la de Emir Kusturica pueden ser refleja de un espejo, sobrado cabal y demasiado altruista al mismo tiempo, de lo que fue.

La iglesia maradoniana perdió a su Mesías y ese pecado no tiene consuelo. Las misas y la juerga, con el Covid-19, se habían terminado pero ahora, a partir de ya, será para siempre. Sólo quedará su regalo y las imágenes, las de invención, las verdaderas y las distorsionadas.

La memoria de un hombre de 60 abriles hecho trizas se salvará por las colas infinitas que formarán los argentinos. Perder al Diego, ahora que se tiene en el lado, bajo el colchón y como esperanza, menos que ausencia, es perder la ilusión para los suyos y la confirmación de que su desastre es paralelo al del país que lo mimó en exceso, le perdonó y a veces, sólo a veces, le castigó pero, siempre, le dio otra oportunidad.

Se acabó. No va más. Las crónicas de sus genialidades serán eternas. Las de sus disparates incluso. La escopeta a tiro despejado contra los periodistas para que no le acosaran, las escenas de la cocaína en el botijo durante una orgía descubierta, el tren del ALBA contra la Cumbre de las Américas, los tatuajes del Che con el puro en el apoyo y los nombres de sus dos hijas del único alianza: Dalma y Giannina, se irán con él.

Se le acumularon los hijos, las peleas, las trampas adentro y fuera del campo de solaz. La «mano de Altísimo» ya era un manojo de desasosiego tembloroso del que se aprovechaban otros. Vídeos hechos a traición donde se convirtió, en la intimidad, en una caricatura de sí mismo… Y sus mujeres… Entre ellas, con él y contra él. La última, Rocío Oliva y a la que acusó de ladrona para reconciliarse y retornar a separarse, una y otra vez. La que pasó por la vicariato, Claudia Vallafañe…. La mamá de Dieguito Fernando, Verónica Ojeda. La de Jana, Valería Sabalin, a la que le dio los apellidos cuando entró en extirpación con las legítimas… El tercer Diego (Sinagra) que, en rigor, es el segundo y en Italia le forzaron a darle lo que era suyo, los apellidos. Con todos estos murió, a su modo, reconciliado.

Maradona debió ser el Pelé de piel blanca pero no pudo. El brasileño fue sobresaliente adentro y fuera del campo. El pelusa, sólo adentro (en su distrito se lo reprochaban) y a madurez de la historia, sobrado mejor. Ganó un Mundial por arte de la ilusionismo que tenía en ese pie izquierdo y por su espíritu combatiente, le dio al Barcelona la Copa del Rey de 1983 y al Nápoles dos títulos. Afirmar «El 10» en Argentina y el mundo, era proponer «Altísimo».

Su número se lo entregó en persona a Messi cuando se puso a dirigir la albiceleste. Su sueño de aventajar otro mundial desde el banquillo no pudo ser.

Diego Armando Maradona era un presumido, fullero, provocador… pero un ingenio con el balón. Todo esto, ya no importa, es pasado.

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