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«Antidisturbios», de Sorogoyen, anima la espera del Palmarés

«Antidisturbios», de Sorogoyen, anima la dilación del Palmarés
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Oti Rodríguez MarchanteOti Rodríguez Marchante

Ya están todas las películas que compiten por la Concha de Oro en poder del Delegación que este año preside Luca Guadagnino, y mientras el Festival dilación que lo rumie, dicho sea sin evitar, se ha entretenido la pantalla con la miniserie dirigida por Rodrigo Sorogoyen y Borja Soler titulada «Antidisturbios», seis episodios de cincuenta minutos cada uno. En el primer capítulo, un agrupación de antidisturbios participa en un desahucio en una corrala de Madrid y, por varios motivos, la operación acaba siendo una remiendo y asimismo una tragedia. Es el punto de partida para que la película se adentre a mofletes llenos en el mundo policial, sumarial y político, pero uno diría que sin actitud de traicionar burras ideológicas, sino con planteamiento satisfecho de movimiento y de intrigas del tipo Premium de la seriefilia de «no puedo morar sin ver las tres últimas».

Comparten protagonismo el duro equipo de antidisturbios implicados y una terca y terco muchacha policía de asuntos internos (la primera secuencia es definitiva para entenderla), y en un segundo término, pero perfectamente tatuado, los mandos, los medradores, los correveidiles y los corruptos. La «operación corrala» es un prodigio de manejo de la tensión y del espacio, con todos allí, como en el camarote de los Hermanos Marx, los policías, los afectados, los de la Plataforma de Antidesahucios, los inmigrantes y los vecindones. Todos están en lo que son, pero la descripción e interpretación de los policías es deslumbrante, y en distinto del que interpreta Hovik Keuchkerian, el dirigente del agrupación, un tipo con un vozarrón tan enorme que, si lo dejan en el Teatro Verdadero con un solo de «Tosca», de un gruñido manda el atavío al patio de butacas. En verdad, están perfectamente dibujados todos, con un trascendental stop en filología macarrónica y en brutología (Raúl Arévalo con un perfil que podría ganarse la vida como fijo en las ruedas de examen)… En fin, un producto de primera calidad, con mucho fondillo, y que incita a pedir más con la boca abierta, como un polluelo en su ponedero.

Y volvemos al intriga Concha de Oro que está a punto de resolverse señalando algunos títulos que podrían adelantarse como favoritos y certificar así una vez más nuestra escasa puntería en la diana del Palmarés. En la zona inscripción deberían estar la danesa «Druk», de Thomas Vinterberg, mucho más que excelente; la georgiana «Beginning», de Dea Kulumbegashvili, mucho más que brillante y liosa, y la de Julian Temple, «Crock of Gold», mucho más que musical y extrema. Dos actrices podrían repartirse el premio de interpretación, la asimismo georgiana Ia Sukhitashvili o la muchacha Amaia Aberasturi que subvierte «Akelarre». Y dos no actores podrían compartir el de interpretación masculina, el indescriptible Shane Macgowan, un volcán en erupción en «Crock of Gold», y el sentenciador que hace de sentenciador en «Sala de Supremo 3H». Y si se lo dieran a un actor, no podría ser otro que Mads Mikkelsen por «Druck».

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